No entendía las letras. Así empezó todo. Era una noche cualquiera. Venía de jugar al fútbol con los amigos y cenaba solo en la casa familiar, mientras mis padres descansaban en el salón. Miraba el teléfono —no recuerdo el qué— cuando, de repente, lo que leía dejó de tener sentido. Las palabras perdieron su significado. Una sensación extraña, difícil de describir. No las entendía. Las tenía delante, pero mi cerebro no sabía lo que estaba viendo. Era como mirar un cuadro abstracto que no lograba interpretar. Ocurrió en un momento de calma. Sentí pánico. Angustia. No sabía qué estaba pasando. Solo me dio tiempo a llegar hasta mis padres, que estaban viendo la televisión, y decir: «Me está pasando algo». Después, todo se oscureció.
Desperté en una camilla, sin saber dónde estaba y con el frío del invierno en la piel. Una voz desconocida me preguntaba si sabía quién era. Se trataba de un médico. Había sufrido un ataque epiléptico, fruto del estrés extremo que llevaba acumulado durante meses en el trabajo. El miedo me recorría el cuerpo. No por mí, sino por los ojos asustados de mis padres, que pensaban que estaba sufriendo un infarto. Por la preocupación de mi hermano en la distancia. Por haber fallado. Por haberles fallado.
Antes de hablarte de cómo llegué aquí, te pregunto: ¿trabajas para vivir o vives para trabajar? Es una de esas cuestiones que, por mucho que la escuchemos, no nos paramos a valorar. Conviene separar dos realidades: el trabajo como forma irremediable de supervivencia —cuando dependemos de él para cubrir los mínimos vitales— y el trabajo convertido en objeto de estatus o validación.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a condicionar nuestra vida por un empleo? Llevamos décadas normalizando que debemos sentirnos agradecidos por tener trabajo, que es lícito salir tarde de la oficina, pero imperdonable llegar después de nuestra hora de entrada. Que es natural anular una cena con amigos por agotamiento, pero impensable faltar a nuestro puesto por ansiedad. Asumimos esto sin reparar en que cada céntimo que nos pagan es, en realidad, un beneficio para quien lo paga.
No olvidemos que las empresas no son centros de caridad, por mucho que intenten hacérnoslo creer. Si la inversión en personal no se multiplicara, ¿qué clase de inconsciente pagaría a otra persona? El mundo laboral es un intercambio de servicios o productos por dinero, y eso incluye la relación entre el empleado y el jefe. Este último paga al primero para que realice una labor que no sabe o no puede asumir de forma individual. Es decir, el jefe necesita tanto al empleado como el empleado al jefe.
En esa época, con la crisis de la burbuja inmobiliaria arrasándolo todo, yo estaba harto de escuchar frases tan paradójicas como estas: «Aquí no nos gusta la titulitis; deberías dar las gracias por esta oportunidad», pero, eso sí, «¿cómo voy a contratar a ese mindundi si no tiene título?». «Esto es lo que hay y, si no te gusta, en el paro hacen cola por entrar aquí», pero «no te vayas a esa empresa, aunque te ofrezca mejores condiciones, que nos dejas tirados».
Expresiones tan comunes que ya ni nos indignaban. La misión estaba cumplida: la mayoría vivía y vive girando en la rueda de hámster que tan bien han construido. Nos quieren encerrados de ocho a seis, corriendo tras una supuesta felicidad que jamás llega, porque siempre se quiere más y siempre nos piden más para lograrlo.
Llevaba en ese puesto casi una década. Mi ideal de vida por entonces era el clásico: pareja estable, casa propia y un trabajo sólido. Algo que, por cierto, estaba logrando, y que poca gente de mi edad podía decir en aquellas fechas. Con menos de treinta años, en una ciudad pequeña como Ávila y con buena parte de mis coetáneos en paro, yo lo había conseguido.
Ejercía de responsable de marketing —o eso ponía en mis tarjetas, que no en mi nómina— en un incipiente grupo empresarial. Comencé cuando solo éramos seis personas y me fui cuando éramos más de cien, con varias marcas creadas, presentes en distintas provincias, y llevando todo el peso sin más ayuda que la de otra persona y la del personal en prácticas que iba y venía. Si algo aprendí en esa etapa fue todo lo que no se debe hacer para vivir la profesión de manera sana. Aquel fue mi máster más duro. Ocho años de desgaste que se convirtieron en una trinchera mental, donde el reto era superar la angustia que nacía el domingo por la tarde y moría el viernes.
Mi error fue siempre el mismo: dar lo mejor de mí con la ingenua creencia de que el otro lo valoraría. Silencioso, humilde, siempre dispuesto. Pero, en los entornos equivocados, eso no es virtud: es vaciarse. Es derrochar energía y sentirte insuficiente por no alcanzar metas imposibles o que ni siquiera existen. La rueda de hámster de la que hablaba, en su máximo esplendor.
A pesar del terrible golpe que supuso aquel primer ataque epiléptico y del impacto que produjo a mi alrededor, no atendí a las señales. Ni siquiera me cogí la baja. Mi sentido de la responsabilidad era tan irracional que, pocos días después, estaba de nuevo en la oficina. Todo esto desoyendo a mi familia y, por supuesto, arropado por la indiferencia de mi empresa, a la que, más asustada que empática, tampoco le venía mal ponerse de perfil ante lo que me había pasado.
Uno podría pensar que una situación así serviría de advertencia al resto de compañeros. Nada de eso. Pocos fueron los que me mostraron apoyo sincero.
Y volver la cara a los avisos del cuerpo tuvo sus consecuencias. El episodio se repitió dos veces más en los años siguientes. En la oficina me tildaron de débil —nunca abiertamente, claro—, pero supe que se decía. Mis superiores llegaron a sugerir que había que «presionarme más para que rindiera». Todo un ejemplo de buena gestión, entiéndase la ironía. Incluso personas de mi confianza resultaron ser filtros directos hacia la dirección, algo que me parecía tan incomprensible como injusto.
Era un pozo lleno de lobos atacándose unos a otros, mientras el dueño los hacía bailar al son de su música. El todo por la pasta, las ventas, los halagos, el «yo mejor que tú», el «tú peor que yo». Lo humano reducido a lo selvático. La ley del más fuerte, siendo yo el animal herido. Tratando de sobrevivir mientras me señalaban como el raro. Librando una batalla diaria para que un señor ganara dinero a costa de mi salud y de la de quienes lo sufrieron después.
Y es que, modificando la frase de Lord Acton, si el poder corrompe, aspirar a él —aunque sea en una empresa desconocida— puede llevarnos a perder cualquier atisbo de humanidad, sin importar que eso implique humillar a un compañero que te dobla en edad, ridiculizar a alguien por su aspecto físico o degradar a otro en su puesto para aleccionar a los demás.
A pesar de las advertencias de mi familia, mi sentido —muy mal entendido— de la lealtad y, por supuesto, la presión que el entorno laboral ejercía sobre mí me mantenían atado a algo que, literalmente, me estaba matando.
No es una metáfora. Así lo atestiguan mis ingresos en el hospital, las pastillas que me metía en el cuerpo, el síndrome de irrealidad que me produjeron algunas de ellas, la imposibilidad de comer con las luces encendidas durante un tiempo o la dificultad para respirar. Hasta tuve que salir a caminar del brazo de mi padre, casi llegando a la treintena, porque sentía pánico.
No podía conducir, pues la ley lo prohíbe durante un año tras cada ataque. Dejé de practicar deporte porque la ansiedad me comía, subí de peso, se me cayó el pelo y mi carácter se volvió mucho más irascible. Me aterraba meterme en una piscina o en el mar. Practicaba yoga, iba todas las semanas a terapia y, aun así, vivía con un nudo de presión constante en la garganta. Tenía dolores de cabeza, temblores, dormía mal… Y lo veía normal.
Podría escribir varias páginas con las situaciones que viví y sus consecuencias en mi día a día, desde faltas de respeto, manipulaciones y mentiras hasta traiciones normalizadas bajo la excusa del trabajo. Gente que confundía el dinero con la autoridad y el miedo con la gestión. Y nadie, jamás en la historia, se ganó el respeto así. Quizá el miedo, quizá la servidumbre de quienes se mueven por esas reglas, pero jamás el respeto.
Pero un día, tras una de esas escenas —que ni siquiera fue la peor—, algo dentro de mí hizo clic. En apenas unas semanas reuní el valor que no había tenido en años y decidí dimitir. No es que no escuchara lo que mis padres y mi hermano me repetían una y otra vez, sino que mi cabeza no lo había procesado hasta ese momento.
Es más, creo que fue pura supervivencia: actué desde ella y no desde la razón. No tengo ni idea de cómo lo hice. No sé de dónde saqué la fuerza para vencer los nervios y la ansiedad que arrastraba, pero lo hice.
Después de casi una década dejándome la salud, las despedidas fueron mínimas. Algunos nunca dijeron nada, otros lo hicieron tarde y la mayoría se limitó a observar. Mucho ruido, poca acción. «Si él lo hace, yo mejor me callo», parecían pensar. Muchas de las voces críticas con la dirección enmudecieron. Los que dijeron que se irían nunca lo hicieron. Y me quedé solo.
La sensación de liberación fue enorme, pero lo primero que sentí no fue alivio, sino culpa.
Algunos compañeros nunca entendieron por qué, teniendo jaula y comida, decidí abandonar el zoológico. De puertas para adentro se había creado un universo ajeno al mundo exterior, con sus propias verdades, normas y visiones de la realidad. No comprendieron mi marcha e incluso me ridiculizaron. Afuera había dragones y abismos.
Vi a mucha gente temerosa, simplemente, de reclamar sus derechos. De que se regulara su situación contractual, de entrar y salir a su hora, de cogerse un puente, de cobrar acorde al cargo que ostentaba, de realizar las funciones para las que se le había contratado y no otras. Algo normal, algo que pasa todos los días en millones de negocios en todo el mundo. Pero no allí: en esa empresa la gente tenía miedo. ¡Miedo en un trabajo!
Fue un cambio necesario que me demostró, como dice Enrique Bunbury en una de sus canciones, que yo «no era mala hierba, solo hierba en mal lugar». El primer paso de una nueva vida que acababa de empezar. Uno muy costoso, pero solo el primero.
No podía ni imaginarme que, apenas unos meses después, ocurriría algo que pondría más piedras en el camino.