Aún recuerdo aquel momento con una nitidez dolorosa. Era una tarde de primavera, con el verano ya a la vuelta de la esquina. Habían pasado cinco meses desde que dejé mi trabajo. La luz se colaba por la ventana del descansillo y mi hermano me acompañaba a entrar en casa. Recuerdo el sonido de la llave, la puerta al abrirse y el silencio que me golpeó dentro. La misma casa que el día anterior, pero ahora con un vacío enorme. Sabía lo que me iba a encontrar.
En el salón, una carta escrita a mano. Estaba sola sobre la mesa, con un bolígrafo al lado. Distinguiría la letra de Sandra entre un millón. Con ella había compartido los últimos ocho años. Casi un tercio de mi vida despachado con una despedida breve, un «gracias por todo», un «sé que conseguirás lo que te propongas, que te vaya bien».
Habíamos tenido unos meses difíciles con mi salida del trabajo, una importante enfermedad de su madre y muchas discusiones por motivos absurdos que yo no lograba entender. No hubo ningún «tenemos que hablar», no hubo un «estamos mal»; solo la sensación de que algo que se me escapaba estaba pasando, el silencio y su marcha. Sin abrazos, sin besos, sin reproches ni gritos. Nada. Varias evasivas por WhatsApp, un preaviso de que recogería sus cosas y nada más. No recuerdo si lloré. No recuerdo si grité. Solo sé que en ese momento me acabé de romper. Si la situación del trabajo me había dejado secuelas profundas, la marcha de Sandra me mandó a la lona. En este caso no lo elegí. El agotamiento mutuo era evidente —llevábamos tiempo librando batallas distintas—, pero nunca había dudado de que ella estaría ahí.
Y aunque su marcha no fue exactamente una renuncia, sino un camino forzado, todo lo que vino después —los pasos que di, las lecciones aprendidas, el esfuerzo por plegar velas y reconstruir la nave tras el naufragio— sí lo fue.
Comenzó un viaje largo y lleno de peligros, como el del poema «Ítaca», de Kavafis, pero que me ha convertido en la persona que nunca imaginé que sería.
Había mantenido una relación con ella desde mis veinticinco años, cuando ella apenas tenía dieciocho. Nos conocimos jóvenes y crecimos juntos. Fuimos, como tantas parejas de esa edad, mimetizándonos, adoptando rutinas que poco a poco nos fueron aislando del mundo. No puedo negar que hubo amor, risas y curiosidad. No me trató mal, no fue tóxica. Nuestra relación tenía su propio universo: no éramos el uno sin el otro.
No sé cuántas veces viajamos a Londres ni cuántas tardes compartimos cine, paseos, tren o sofá. Siempre los dos, Sandra y yo. Quizá éramos una especie de refugio mutuo, una coraza frente a una sociedad que no siempre nos comprendía o ante la que nos cerrábamos. Dos raros que, en los albores de la sociedad del cansancio, veían en el otro un alivio frente a la presión externa.
Cuando ella llegó a mi vida, se convirtió justo en eso: el apoyo perfecto para lanzarme a todo lo que no me había atrevido a hacer antes. Se abrió todo un abanico que me permitió ver más allá de lo que había vivido hasta entonces con mi familia y mi círculo de amigos. El problema fue que dejé de ser yo para ser los dos.
Por eso su marcha fue un golpe devastador. Si la banqueta de mi vida tenía tres patas sólidas tras la salida de mi antiguo trabajo —ella, mi familia y yo—, su ausencia rompió el equilibrio y todo se vino abajo. Peor aún fue descubrir, apenas unas semanas después, que no se había marchado sola. Que había alguien más. Tal vez por eso las discusiones no tenían mucha lógica y mis ruegos para hablar en persona cayeron en saco roto. Ella ya estaba navegando hacia otras aguas.
Pero no busco aquí culpables ni revancha, sino mostrar el escenario y el sentimiento de desolación que me envolvieron. Porque el recuerdo que tengo de esos días es el de una parálisis absoluta. Cada vez que me miraba al espejo, lloraba. Me costaba mucho salir de la cama, y los fines de semana, que antes eran sinónimo de alegría, se convirtieron en una pesadilla.
En el hogar que construí con Sandra solo quedaba yo. Y afuera, el mundo continuaba su curso sin importarle mis lágrimas. Mi padre me contó que, cuando faltó mi abuelo —murió siendo él muy joven—, se dio cuenta de la indiferencia del entorno ante su ausencia. En la calle todo seguía igual; a nadie le importaba lo sucedido. Somos tan individualistas y estamos tan erosionados que, salvo excepciones, nuestra empatía por el dolor ajeno termina donde empiezan nuestros planes. Y a mí me pasó lo mismo. Era como si ella nunca hubiera estado. Todo igual, pero sin Sandra, y eso era mucho decir.
Cuando acudí a mis viejas amistades, me di cuenta de que muchas de ellas se habían debilitado. Unas mostraron indiferencia. Otras, buenas maneras, pero pocas realidades. Pero ¿cómo reclamar nada cuando yo mismo me había aislado? Apenas quedaron hombros en los que apoyarme, salvo los de mi familia y el de mi amiga Sonsoles, a quien la propia Sandra pidió que no me dejara solo.
Y algunas de las personas nuevas que aparecieron resultaron, a medio plazo, más perjudiciales que beneficiosas. Un ejemplo claro de que, a perro flaco, todo son pulgas. Y más cuando ese perro tiene hambre de afecto.
Cuando llegó la soledad, emergió también la desesperación, un sentimiento que nunca había experimentado con tanta fuerza. El hueco que dejó Sandra era inmenso, y mi naturaleza me llevó a aferrarme a cualquier cosa que mitigara el vacío.
Los primeros meses tras su marcha no fui dueño de mí. Me movía por inercia, sostenido por mi familia y las pocas amistades que se mantenían. No hubo un instante de revelación ni una escena de película. El tiempo, simplemente, fue pasando. Nuevas rutinas, nuevas caras, nuevas tareas y una lenta digestión de lo ocurrido. Sin estructura, sin fórmulas mágicas, todo a fuerza de ensayo y error.
Hay una frase atribuida a Charles Bukowski que ilustra bien lo que me esperaba: nadie vuelve del dolor y sigue siendo el mismo.
Estas dos renuncias, una elegida y otra forzada, marcaron el renacer de un yo que poco o nada tiene que ver con el que era entonces. Mi hermano Fernando —psicólogo y buena gente— me repetía en esa época una frase que con el tiempo cobró más sentido: «Toda gran vida ha tenido una gran renuncia», escrita por Zan Perrion en su obra The Alabaster Girl.
No sé qué persona sería hoy si aquella marcha, que tantas lágrimas me costó, no se hubiera producido. Pero lo cierto es que, gracias a esas dos situaciones, empecé a cambiar.
No es que un día me sentara en mi habitación, reflexionara y me hiciera un plan perfecto para modificar mi vida. Fue un cambio por supervivencia.
Las dos renuncias, la elegida y la impuesta, me dejaron en el punto más frágil que recuerdo. Pero también abrieron un espacio que, con el tiempo, llenaría de nuevas experiencias, decisiones y errores propios.
Lo que vino después no habría sido posible sin aquel vacío, y es justo ahí donde comienza la siguiente parte del camino.