Seguro que tienes en mente esa escena en la que un primate es devuelto a la naturaleza. Los investigadores colocan la jaula en mitad de un claro y abren la puerta para que el animal salga. Lo que, a priori, podríamos esperar —una huida desesperada tras un largo cautiverio— no se produce. El primate mira a un lado, mira al otro y calcula con temor cada paso que da. La libertad es para él un entorno hostil y, aunque está llena de oportunidades, las costumbres, el espacio seguro y la educación impuesta por los humanos le hacen dudar. Su instinto de supervivencia lo lleva a quedarse en lo que ya conoce, aunque haya sido privado de su propia naturaleza.
Y justo eso es lo que viví al verme, por fin, lejos de un trabajo que me estaba matando y de una relación que me había (nos había) aislado del mundo. Con poco más de treinta años, tenía que empezar de cero en dos ámbitos tan importantes como el laboral y el de la pareja. No te engaño: no fue nada fácil.
El principal desafío fue pasar de esos ocho años bajo la protección de las rutinas y el camino marcado a situarme frente a un lienzo en blanco, con todo por hacer.
Porque ¿por dónde empezar cuando no sabes adónde dirigirte? Volviendo al ejemplo del primate, este mira a su alrededor y se siente confundido. La frondosidad de la selva es maravillosa, sí; ahora puede correr, saltar, comer frutas y explorar, pero él no lo ve. Aún no lo aprecia. De hecho, le da miedo, se siente paralizado y piensa, incluso, en volver a meterse en la jaula.
Así fue: con el paso de las semanas, tuve dudas sobre mi dimisión. ¿Había hecho lo correcto o había dicho no a una vida segura? ¿Cómo iba a pagar ahora mis gastos y mis caprichos? ¿Encontraría trabajo? Además, mis antiguos compañeros alimentaban esos temores. Para mi sorpresa, muchos de ellos, por los que en algún momento sentí aprecio o con los que tenía una relación cordial, me dieron la espalda o fueron saliendo poco a poco de mi círculo. Daba igual que a varios les hubiera sacado las castañas del fuego una, dos y hasta tres veces; por una sola decisión, había perdido todo el crédito ganado.
Ocurría algo parecido a lo que describe la teoría anglosajona del cubo de cangrejos: cuando uno intenta escapar hacia una vida mejor, los demás lo agarran para devolverlo al fondo, no por maldad, sino por miedo a verse obligados a cuestionar su propia inmovilidad.
Pocos —no más de tres o cuatro personas— fueron los que me tendieron la mano o se mostraron comprensivos.
Ahí aprendí que, cada vez que tomamos decisiones incómodas, encontramos más gente en contra que a favor. Porque, en general, la sociedad vive —o vivimos— cómoda en la rutina, aunque esta sea perjudicial. Por eso, cuando alguien nos sitúa frente al espejo y nos muestra nuestra propia realidad, nos ponemos a la defensiva y, salvo que tengamos visión de crecimiento o de cambio, nos quedamos donde estamos.
La solución a todos estos temores la encontré en un programa de emprendimiento. Cuando me seleccionaron como uno de los veinticinco participantes de aquella edición, no pensé que se convertiría en algo trascendental en mi vida. Estaba tan anestesiado en ese momento que no lo vi, pero hoy pienso que entrar allí y afrontar ese reto fue lo mejor que pude hacer. Fue la transición perfecta para aprender a vivir lejos de la jaula en la que había estado metido los últimos ocho años.
Gracias a una formación semanal y al cumplimiento de una serie de hitos calendarizados, fui adentrándome en ese mundo y me di cuenta de que quizá no tenía que buscar trabajo, sino que mis capacidades, tan cuestionadas en mi anterior etapa, eran más que suficientes para labrar mi propio camino. En ese momento empecé a enfrentarme a mi libertad. Ya no existía la protección de un jefe y sus normas, de unos compañeros ni de cualquier otra excusa externa. Pero no me importaba. De hecho, me resultaba un reto motivador que comenzó a devolverme la alegría por trabajar. Me valoraban, y eso, viniendo de donde venía, era maravilloso.
Uno de los recuerdos más vivos de esa nueva etapa es el primer día que salí a desayunar y me di cuenta de que había mucha más gente haciendo lo mismo. Fue un momento muy revelador, pero no el único.
Acudir de forma regular a formaciones impartidas por expertos del mundo empresarial, y hacerlo con compañeros que empezaban el mismo camino que yo, me situó en el mapa. Por un lado, comprobé las enormes carencias, los malos hábitos y los conocimientos erróneos que arrastraba de mi anterior etapa laboral. Y, por otro, mi potencial y mis ganas de crecer, que se habían quedado enterrados entre la envidia y los discursos de arrogancia. Me encontré en un lugar donde ser ingeniero informático no solo se aceptaba, sino que se ponía en valor. Y, tras años tragando con imposiciones de terceros con mínimos o nulos conocimientos de mi campo, me di cuenta de que yo seguía ahí y de que muchas de las soluciones que había planteado en el pasado eran útiles y se acercaban mucho a lo que estaba aprendiendo en esas sesiones.
Entrar en aquel programa supuso comenzar a desprenderme de todas esas falsas creencias y volver a un camino de crecimiento profesional del que me había apartado hacía tiempo. Conocí a personas maravillosas, especialmente a Dani y a Raquel, que se convirtieron en buenos amigos y me ayudaron en todo momento a avanzar, paso a paso, en el difícil pero apasionante mundo del emprendimiento.
En el momento en que escribo este libro han pasado ya ocho años desde aquello, y no solo no he vuelto a trabajar para nadie, sino que los ataques epilépticos desaparecieron para siempre. Pese al diagnóstico de los médicos, fue mi hermano, estudiante de psicología en ese momento, quien dijo que todo aquello se debía a la presión a la que estaba sometido en el trabajo.
Y no se equivocó. Fue dejar mi anterior empresa y mi salud y mi aspecto físico empezaron a mejorar a pasos agigantados. Un buen ejemplo de lo que un buen estado mental es capaz de hacer, a pesar de que solemos dar más prioridad al dinero, al poder o a las posesiones.
Pero salir de la jaula iba más allá de empezar de cero en mi trabajo. Rehacer mi vida social y sentimental me resultó muy difícil y, como veremos en el resto de los capítulos, fue una enorme fuente de experiencias y aprendizajes.
Si tuve dudas sobre haber dejado el trabajo, lo de Sandra fue otra cosa. Cuando se fue, llegó el vacío, y miraba el móvil minuto tras minuto en busca de alguna reacción por su parte. Solo habían pasado unos meses desde mi dimisión, y la ruptura me golpeó de lleno en la línea de flotación. Con ella se fueron la mayoría de mis rutinas de ocio y una compañía constante durante la última década, casi un tercio de mi vida. No negaré que intenté contactar con ella, pero no contestó ni a las decenas de mensajes ni a las llamadas, hasta que un día me bloqueó.
Mi dependencia de ella durante tantos años tuvo sus consecuencias. Más allá de mis padres, mi hermano, mi amiga Sonsoles y su marido Alberto, había dejado que otros vínculos se debilitaran tanto que ya no eran un sitio donde refugiarse. De hecho, muchas de esas personas reaccionaron con indiferencia, y hoy no las culpo por ello. Me vi solo; el mundo se me caía encima y, sin mi entorno más íntimo, no habría tenido fuerzas ni para salir a la calle.
A diferencia de lo que ocurrió en el ámbito laboral, aquí no hubo ningún tipo de guía, solo ensayo y error. Me agarré a cualquier persona con la que aliviar la tremenda losa que suponía el tiempo libre, y esa solución acabó hundiéndome más. En algunos casos porque, al verme entre extraños, me sentía aún más solo. Y, lo que fue peor, me llevó a relacionarme con personas que, vestidas de consuelo, no hicieron sino potenciar mis dudas, mi baja autoestima y la sensación de no encajar en una soltería que no vivía desde que acababa de salir de la universidad.
Al mirarme en el espejo, empecé a darme cuenta de que ya no era yo. El alto nivel de estrés me había dejado en un estado físico deplorable, con pérdida de pelo, exceso de peso y baja masa muscular. Además, la ruptura con Sandra me había sumido en una dejadez mayúscula, en la que ni mi ropa ni mi casa estaban a la altura de lo que deberían ser.
La primera reacción vino por parte de mi familia, que, aprovechando unos días en los que estuve fuera, reordenó y limpió mi casa. Empecé a contar con una persona muy querida para nosotros, que me ayudaba en las labores del hogar y me daba pautas para mantener la casa en buen estado. También dimos un giro a la pintura y a la disposición de los muebles, de tal forma que pudiera volver a sentirla como mía y no pesaran tanto los recuerdos. Me apunté al gimnasio, concretamente a clases colectivas, toda una novedad y un reto para mí, pues a la dificultad de volver a hacer deporte se sumaba la de exponerme ante mucha gente. Y, por último, contraté a una personal shopper, renové el armario y me arreglé el pelo y la barba. Todo un reinicio hacia afuera, pero faltaba lo más difícil: hacerlo hacia adentro.
¿Cómo rehacer mi vida sentimental con una autoestima destrozada, una apariencia en reconstrucción y habiendo estado aislado con la misma mujer durante casi una década?
La urgencia por sustituir a Sandra era grande, más aún cuando saber que se había ido con otro no solo me había tocado el corazón, sino también el orgullo. Sentía un agujero emocional inmenso que quería llenar a toda costa.
Tuve una breve relación con Sheila, una chica con un corazón enorme que estaba pasando por lo mismo que yo. Nos ayudamos mucho e incluso hicimos un viaje a Londres —sí, justo a ese lugar tan icónico para Sandra y para mí—. Pero fuimos un parche: no estábamos listos y no funcionó.
La realidad es que la ciudad donde vivía, Ávila, no era ni mucho menos el mejor escenario para conocer gente soltera. Una ciudad de apenas sesenta mil habitantes, de mentalidad tradicional, con una población envejecida y pocos vínculos sociales sobre los que construir. Tuve que buscar la solución fuera, y comenzó un baile en el que me mantuve mucho tiempo. Aplicaciones, citas con mujeres de todo tipo, relaciones frustradas y un camino hacia una validación externa que me salió caro y del que hablaremos a lo largo del libro.
Poner un pie fuera de la jaula fue solo el inicio del viaje, y desde el principio me quedó claro que, tras tantos años encerrado entre miedos y rutinas, el vértigo era inevitable y las heridas por cicatrizar, más graves de lo que pensaba.
Pero, como dice la canción de Bebe con la que abrí este capítulo, quedarse dentro, a pesar de la comodidad, nunca fue una opción. Porque esa calma guardaba una letra pequeña que me había pasado factura, me había aislado del mundo real y me había empequeñecido. El camino hacia la reconquista de mi yo no se antojaba fácil, pero las cartas ya estaban sobre la mesa.