Cuaderno de bitácora

Capítulo IV

HISTÓRICO VITAL

Eran las seis de la tarde y la esperaba en su portal. Me quedaba, como siempre, a un lado de la puerta, con el hombro apoyado en el marco, aunque ella solía ser puntual. En aquellas semanas el beso de bienvenida era apenas un roce. La mano quieta, pegada al abrigo. Existía una barrera. Me incomodaba. Me hacía sentir culpable. No lo entendía.

Paseaba por la calle con una persona a la que llamaba novia, pero entre los dos se había instalado un espacio muy doloroso. Una guerra que no era nuestra, pero con unas consecuencias que removían todo por lo que había pasado.

Esta escena es uno de los recuerdos que me quedaron de la primera relación seria que tuve tras Sandra. Podría parecer que la historia se adentraba en un camino ya encauzado, pero nada más lejos de la realidad. Es cierto que había descubierto que existía mucho más mundo del que conocía y estaba dispuesto a abrirme a él. Pero todas aquellas decisiones tenían algo en común: eran hacia afuera. La verdadera dificultad, el lastre que estaba a punto de sentir, venía de ese lugar al que tanto nos cuesta asomarnos, nuestro interior. Y esta nueva relación me dio un baño de realidad y una gran lección.

Cada persona es la consecuencia de todo lo que ha vivido. Pero, en mi opinión, una de nuestras tendencias más habituales es evaluar a los demás desde el cristal de nuestra experiencia y no desde la suya.

Como sugiere la canción de Enrique Bunbury con la que comienzo este capítulo, ponerse en la piel del otro —con sus circunstancias, miedos e ilusiones— puede ofrecernos un prisma diferente sobre aquello que creemos una verdad inalterable.

La relación de la que voy a hablar transcurrió en 2020. Un año que nunca olvidaremos, el del inicio de la pandemia de la covid-19, de trágico recuerdo para todos. Más allá de los millones de muertos en todo el planeta, hubo un mal silencioso que nos alcanzó a cada uno: la detención de nuestras vidas. Todo se paró. Pasó mucho tiempo hasta que el día a día volvió a ser el mismo y, en algunos casos, no con las mismas personas.

En lo personal, mis planes cambiaron. El camino hacia Valencia se frenó y la pandemia trajo consigo mucho trabajo para mi proyecto freelance, fruto de la digitalización de las empresas y del aislamiento general. Volví a centrarme en Ávila y, lo que es peor, a trabajar desde casa. Tres pasos adelante y dos hacia atrás. No me hizo ningún bien.

Pero hubo una buena noticia: María. Nos conocíamos de vista, como se conoce casi todo el mundo en una ciudad pequeña, de coincidir aquí y allá sin llegar a hablar demasiado. Puedo decir sin miedo que es la mujer más sensible y profunda que he conocido. María era sinónimo de cine, pintura, música y poesía. Era capaz de emocionarse frente a una obra de arte y conectar con su mensaje más íntimo.

Me parecía tan guapa que durante mucho tiempo me limité a mantener con ella conversaciones de ascensor. Le atribuía tantos admiradores que me sentía invisible. Pero, cosas de la vida, fue ella quien un día se acercó a mí. Un inocente café para comentar un libro acabó convirtiéndose en una cita. La primera de muchas. Y, para mi sorpresa, me confesó que ella también me veía inaccesible.

Sobre el papel, todo encajaba. Teníamos mucho en común, una edad parecida, vivíamos en la misma ciudad y nuestras conversaciones se extendían durante horas. Nunca discutíamos. No había desencuentros. Todo era calma.

La conexión emocional era total, y los primeros meses estuvieron llenos de momentos que aún hoy guardo con cariño. Tras lo vivido con Sandra y las dificultades de sacar adelante la relación a distancia con Ángela, María era todo un regalo.

Todo lo que veía en ella era bueno: su calma, su voz, incluso su forma de fumar. Me recitaba poemas, compartía conmigo su música, sus películas, sus sueños. Me dejaba ensimismado su forma tan delicada de ver el mundo.

Paradójicamente, toda esa admiración alimentó mi miedo a no ser suficiente, y trataba de hacer todo lo posible para que ella estuviera bien. Con mi historia a cuestas, me costaba creer que alguien así estuviera tan ilusionada por compartir su vida conmigo.

Habían sido demasiados años sintiéndome poco válido como para que, de la noche a la mañana, pudiera normalizar que María fuera mi pareja. Reconozco que vivía entre la euforia y la sensación constante de no merecer lo que estaba pasando.

Pero, sin previo aviso, algo cambió. Ella empezó a dudar. Aquella magia inicial, tan palpable, se desdibujó poco a poco. Como una vela que se consume. No juzgo sus motivos; por más que intenté asomarme dentro, nunca llegué a conocerlos, y quizá tampoco me correspondía.

Comenzó a preguntarse si realmente éramos pareja o solo amigos. Quizá a ella le costaba poner palabras a lo que sentía, y a mí, entenderlo sin ellas. Sentía que caminábamos de la mano por inercia, y que algo de la calidez del principio se había ido apagando.

Los gestos de cariño se fueron espaciando y mi inseguridad creció al mismo ritmo. La admiraba tanto que cada gesto suyo pesaba el doble. No entendía qué pasaba: no había discusiones, no había problemas visibles y, sin embargo, todo se sentía distinto. Si no me fui, fue porque me negaba por completo a perder a alguien con quien me había sentido tan bien. Pero yo, que vivía cada silencio suyo como un rechazo, me sentía cada vez más pequeño, como un perrito que la seguía sin saber muy bien adónde.

Supongo que tanto sus heridas como las mías estaban tomando el timón de la nave. Además, no todo dependía de nosotros dos.

Pero ¿cómo afectan estos dos factores a las relaciones sentimentales? A mi juicio, podemos imaginarlos como dos líneas paralelas contra las que tenemos que batallar para evitar que se tuerzan y bloqueen nuestro camino.

La primera, la del histórico vital, es la más compleja. Es esa famosa mochila de la que tanto se habla, donde se acumulan heridas y experiencias que permanecen ahí para alertarnos de aquello que podría volver a hacernos daño. En mi caso eran evidentes y no les había prestado atención; pensé que dejar atrás a Sandra físicamente y eliminar el dolor emocional sería suficiente. Pero no: la herida seguía dentro, lista para volver a abrirse.

De la mochila de María nunca supe mucho, y tampoco me correspondía saberlo. Todos llevamos la nuestra, y nadie tiene por qué abrirla antes de estar preparado.

Con el tiempo, esas cargas se vuelven más pesadas y, sin un buen trabajo terapéutico o una profunda autoconciencia, basta una pequeña chispa para que prendan. Igual que ella, sin pretenderlo, removió algunas de las mías, posiblemente yo también removí alguna de las suyas.

La segunda línea es la del entorno, que sí podemos elegir en mayor o menor medida, como fue mi caso cuando renuncié a mi empleo. A veces no se trata de nada negativo, sino del propio proceso natural de la vida. Llega un momento en que todos necesitamos despegar un poco del suelo en el que crecimos, sin que eso suponga una afrenta para nadie. Creo que María estaba justo en ese punto. Cuando hablaba del futuro, no hablaba tanto de nosotros como de sí misma, de un espacio propio que todavía no se había dado.

Me gusta imaginarla como una cometa. Cada vez que el viento la empujaba un poco más alto (una cena, una noche fuera, un viaje), alguien recogía hilo desde abajo. No con mala intención, porque quien sujeta una cometa casi siempre lo hace por miedo a perderla. Pero cada tirón la devolvía al suelo con una mezcla de culpa y resignación, o al menos así lo viví yo.

Si permanecemos pasivos ante ambas líneas, el bloqueo emocional es inevitable. Y es muy difícil avanzar en el ya de por sí complejo mundo de las relaciones si la carretera por la que circulamos se estrecha por el peso de nuestras heridas y la influencia del entorno.

Por eso, las dudas de María y mi necesidad de sentirme validado hacían que el barco se zarandeara con fuerza. Vivimos una larga época en la que ambos buscábamos la manera de cuidar y medir al otro cuando, en realidad, lo mejor que podíamos hacer por la pareja era cuidarnos a nosotros mismos.

Como dice Joaquín Sabina, y como llegué a decirle a ella años más tarde, «de tanto ser felices, se me olvidó quererte». Tras semanas de confusión, aquella montaña rusa desembocó en una distancia que ninguno de los dos supo acortar, y que me dolió mucho.

Ninguno de los dos éramos capaces de llegar al otro y, lo que es peor, tampoco a nosotros mismos. A medida que ella se replegaba, yo me lo tomaba como algo personal. Y cuanto más inseguro me sentía yo, más se replegaba ella. Cada plan que no salía, cada silencio, cada falta de ilusión por el futuro juntos, cada gesto serio, me lo achacaba a mí mismo, a no ser digno de ella, a no estar a la altura.

En verano nos fuimos de vacaciones. Estaba muy ilusionado por enseñarle esa libertad que había encontrado en Valencia y de la que, quizá, ella también se podría alimentar. En principio íbamos a estar una semana, pero al final alargamos la estancia varios días. Ella no se quería marchar. Era libre. Se sentía libre. Yo la percibía libre y me sentía muy bien de verla así. Recuerdo su risa, su gesto relajado mientras tomaba el café de la mañana mirando al mar. Las fotos que nos hicimos paseando por la playa la primera noche. Recuerdo las bromas que volvieron a brotar de la nada. Tras muchos meses, volví a encontrar a la María de la primera etapa, y no creo que fuera casualidad que, a tantos kilómetros, nadie tirara del hilo. En su calma encontré la mía, y esta vez la retroalimentación fue en sentido contrario: muy positiva. Unos días felices, un reinicio esperanzador.

Pero fue un espejismo. A la vuelta, las dudas regresaron y, con ellas, las inseguridades de ambos. Después ella pasó una semana con amigas en la que apenas hubo un par de mensajes al día. Como una especie de paréntesis. Una reacción inmadura por mi parte. Pero no era por ella. Ni siquiera por esa semana en concreto. Era mi histórico vital. El miedo al abandono. Lo pasé muy mal.

Me mordí la lengua y no expresé mi malestar hasta su vuelta, porque sabía que era algo mío y que ella no era la responsable. Tras hablarlo con mis padres, entendí que lo más leal como pareja era trasladarle cómo me había sentido, aunque fuera un sentimiento egoísta. Entre lágrimas, le confesé que me había sentido mal, que aquello me había despertado muchas sensaciones, pero que no era por ella, sino por lo que yo arrastraba. La desconexión era tal que, mientras yo me abría en canal, ella se puso a atender una llamada.

Era como si en ella convivieran dos Marías: la cálida del principio y otra que se cerraba justo cuando yo más la necesitaba. Quizá se protegía de sus propios miedos. No la culpo; yo también me protegía de los míos.

A raíz de aquello llegó una época de discusiones, y el final llegó con un mensaje de WhatsApp. Aquella noche no dormí nada. El mensaje me devolvió a la carta de Sandra, a su marcha en silencio, a no ser suficiente. Ya no era un espejismo: el miedo era real. Estaba reviviendo aquello.

Traté por todos los medios de que aquello terminara con una conversación. Con un «no» a la cara. Pero creo que no buscaba a María, sino a Sandra. A la mañana siguiente me planté en el portal en el que tantas veces la había esperado. No fue la mejor conversación. Todo terminó entre reproches y palabras feas por mi parte, fruto del dolor. Me arrepiento. Ella no merecía que el final fuera así.

Yo nunca supe ponerme en sus zapatos; nunca logré entender a María. Tampoco ella supo todo lo que sus actos generaban en mí, aunque posiblemente yo no fui capaz de explicarle todo lo que había vivido hasta entonces.

Pero ¿cómo ponerse en el lugar del otro sin una comunicación adecuada? ¿Cómo dejar atrás el pasado si ninguno de los dos fue capaz de explicarle sus heridas al otro? Yo no estaba recuperado, y cada una de sus dudas me llevaba a Sandra y a cómo me había sustituido; cada silencio, a la falta de reconocimiento en el trabajo. Al final nos perdimos el uno al otro en batallas que no eran nuestras, pero que no supimos superar. Me quedé muy tocado, sin saber qué hacer y con la sensación de que el problema era yo, de que no era querible, de que volvía al principio.

Con los años he entendido que no la perdí por no ser suficiente, sino porque ninguno de los dos estaba preparado para lo que teníamos entre las manos. Y, cuando pienso en ella, ya no me quedo con el portal ni con aquel mensaje. Me quedo con los poemas, con las películas que me descubrió, con su risa en aquel desayuno frente al mar. Y con la certeza de que, a su manera, ella también lo intentó.