Cuaderno de bitácora

Capítulo V

APLICACIONES DE CITAS

«De tanto buscar hallé, en una dirección de internet»

Tam Tam Go

Meses después de romper con María, y coincidiendo con el fin de las restricciones por la covid, volví a Valencia.

El regreso trajo consigo la búsqueda de un nuevo coworking, esta vez en el centro, que me permitiera relacionarme con profesionales asentados en la ciudad y no con turistas de paso, como me había ocurrido en mi experiencia anterior. Pero ese reinicio me hizo toparme de bruces con la soledad. En Valencia no conocía a nadie. Mis seres queridos estaban a cientos de kilómetros y, más allá de las compañeras y compañeros que empezaba a tratar, no tenía ni siquiera con quién salir a tomar un café. Quizá otra persona, en mi lugar, se habría apuntado a un montón de actividades o se habría integrado rápidamente en el entorno. Pero yo estaba agotado. Las fuerzas que tenía las había invertido en irme allí, algo que ya de por sí era todo un desafío.

Me sentía muy extraño. Ya no era solo la soledad; era verme arrancando una vida lejos de casa a una edad en la que ya debería haberlo vivido. No tenía refugio.

Todo eso hizo que me adentrara de forma activa en el mundo de las aplicaciones de citas, una salida cómoda para paliar esa situación.

La escena habitual transcurría en el salón de mi casa un viernes por la noche. Volvía del trabajo a sabiendas de que me esperaba el vacío. La comparación con épocas pasadas era inevitable. Ver a todos esos grupos de amigos o parejas que empezaban con ilusión el fin de semana me pesaba mucho. Valencia tenía mucho que ofrecer y yo no lo disfrutaba.

Encargaba una cena para salir del paso y me ponía una película a la que no prestaba atención. El cóctel perfecto para que se despertaran los fantasmas. No volveré a estar con nadie. No soy atractivo. Soy un desastre en lo sentimental. Todo el mundo tiene pareja menos yo. María tenía razón. Sandra tenía razón. Mi exjefe tenía razón. No valgo para nada.

Entonces abría una de esas aplicaciones y empezaba a pasar perfiles, como si tuviera ante mí la solución mágica a todos mis problemas. Si recibía algún «me gusta», era valioso; si no, era un desastre. La dopamina al servicio de la reafirmación personal.

Allí encontraba un desfile de mujeres excepcionalmente guapas. Bikinis minúsculos, curvas exageradas, poses sensuales, fotografías en destinos turísticos exóticos, deportes imposibles… Y mi dedo deslizando perfil tras perfil en busca de una coincidencia con la que poder hablar.

Al principio, filtraba. ¿Con esta chica podría quedar? ¿Encajaría conmigo? Pero la falta de resultados, la sensación de vacío y la frustración me llevaban a deslizar casi como un autómata, de una mujer a otra, con idéntico balance: ninguno.

¿Por qué no gusto? ¿Cómo es posible que no haya nadie para mí? ¿Tan horrible soy? Quizá, si gasto algo de dinero y me posiciono bien, hablaré con alguien.

Por si no lo sabías, estas aplicaciones ofrecen una especie de aceleradores que prometen multiplicar tus contactos por una módica cantidad. Ocho euros por media hora de esperanza en la que, quizá, surgiera alguna coincidencia y pudiera, por fin, hablar con alguien.

Eso, en el mejor de los casos. En el peor, perdía el dinero, me hundía un poco más y me metía en un bucle difícil de romper.

Quienes crecimos con Messenger, Terra Chat, los SMS y, más tarde, Tuenti usábamos esas plataformas para comunicarnos y para conocer gente nueva.

Pero las aplicaciones de ahora son negocios que, como tales, viven del dinero que gastan en ellas sus usuarios. En Tinder, más allá de unas pocas líneas de texto, todo se reduce a una fotografía.

Una gigantesca pasarela digital de cuerpos que vamos calificando como válidos o no con un solo dedo. Un sistema brillante desde el punto de vista del entretenimiento, pero nefasto para la autoestima.

Desde luego, no es el mejor lugar en el que sumergirse cuando estamos necesitados de afecto. Y, por supuesto, cuando por fin aparecía alguien, no era una elección, sino una oportunidad. La pregunta no era si esa persona me gustaba; la buena noticia era que yo le gustaba a alguien.

Nada importaban los ocho años con Sandra, ni la relación con una mujer del calado de María. Nada. Empecé a regalar mi calor a cualquier extraña que me diera un poco de coba. Daba espacio a personas a las que no habría concedido ni un minuto si las hubiera conocido en la calle, pero ahí, en ese punto de miseria afectiva, cualquier palabra era un bálsamo.

Y es que cada vez que pagaba por uno de esos aceleradores o por una suscripción, no estaba comprando la garantía de encontrar a alguien afín con quien hablar, sino la ilusión de que, durante un breve instante, podría suceder. Es el mismo mecanismo del juego, el alcohol o la cocaína: se consume por lo que quizá pase, no por lo que va a pasar. Y, por supuesto, cuando conseguía hablar con alguien, esa persona se convertía en un clavo ardiendo al que vestía de diamante. Cuanto más la ensalzaba, más me rebajaba yo.

Toda esa presión estallaba cuando llegaba el momento de la cita. He de decir que en todos estos años he tenido muchas, pero hubo un patrón que se repitió: los nervios. Algo muy normal, a tenor de la exigencia que me autoimponía. Si ya de por sí era difícil hablar con alguien, tener la suerte de pasar a la vida real era algo excepcional. Era mi privilegio, no el suyo. Yo era el afortunado. Ella no. Y tenía que estar a la altura: no podía fallar. El miedo al rechazo era horrible. A fin de cuentas, Sandra se fue con otro y tampoco fui válido para María.

Pero la realidad es que la mayoría de esas citas fueron bien. Cuando pasamos de lo digital a lo real, todas esas estrategias y juegos se quedan en nada. Las fotos imposibles de las aplicaciones pocas veces representaban con fidelidad a la persona, como si todo el mundo quisiera venderse como alguien distinto de quien en realidad es. A veces el encuentro se quedaba en un café, y otras, en algo más.

Era como enfrentarme a las dos caras de una misma moneda. Por un lado, lo que pasaba al cerrar la puerta de mi casa, a solas con mis fantasmas. Ahí me menospreciaba hasta límites insospechados. Por otro, cuando por fin me sentaba frente a la mujer en cuestión, la realidad me recordaba que ni yo era tan horrible ni ella tan perfecta.

Sin embargo, aún tardaría en aprender esa lección, y en mi regreso a Valencia las personas que conocí a través de las aplicaciones tuvieron un peso especial. Es el caso de la historia que contaré en el próximo capítulo, que explica a la perfección cómo la carencia nos lleva a aceptar cosas que nunca aceptaríamos en situaciones normales.