Cuaderno de bitácora

Capítulo VI

AUTOVALIDACIÓN

“Debe de ser más fácil el quererse”

Valeria Castro

Sentirse bien con uno mismo ha sido y sigue siendo uno de los mayores retos que he afrontado. No me refiero solo a mirarse en el espejo y gustarse, o a esas validaciones superficiales que empezaba a conseguir. Hablo de cuestiones mucho más profundas: saber qué cosas te gustan y cuáles no, tener seguridad a la hora de tomar decisiones, conocer tus fortalezas y tus valores o distinguir entre las personas que te aportan bienestar y aquellas que te lo quitan.

En mi caso, muchas veces la necesidad de agradar me llevó a anteponer los intereses de otros a los míos, casi como si esa fuera la norma. Nos educaron para creer que, si somos cumplidores y nos entregamos sin esperar nada a cambio, llegará el reconocimiento. Pero pocas veces es así. Son pequeñas renuncias que en apariencia no tienen peso, pero que, miguita a miguita, se van acumulando hasta que un buen día se vuelven insostenibles. Ya lo había vivido en el trabajo, y estaba a punto de repetirlo en el amor.

La relación que tuve con Cristina lo refleja a la perfección. Y antes de contarla quiero dejar algo claro: casi nada de lo que salió mal fue culpa suya. Yo daba sin que nadie me lo pidiera y ella recibía lo que le ofrecía, como haría cualquiera. El problema no era lo que ella tomaba, sino todo lo que yo estaba dispuesto a entregar para que no se fuera.

La conocí en una de esas aplicaciones en diciembre. Habían pasado tres meses desde la ruptura con María, y la Navidad es, a todas luces, uno de los momentos más difíciles del año para estar solo.

Era madre soltera y no tenía nada que ver con las mujeres con las que había estado hasta entonces. Cristina era color, alegría, risas. Me abrió de par en par las puertas de una ciudad que hasta ese momento solo había conocido como turista o en solitario. Era una mujer independiente que estaba sacando adelante a su hija tras su separación, y lo hacía con dos trabajos.

Me idolatraba. Me sentía absolutamente empoderado cuando hablaba con ella. Cada cosa que le aportaba, cada gesto con ella o con su situación de madre le parecía maravilloso. Tras el mar de incertidumbre del que venía, Cristina se convirtió en un bálsamo al que me volví adicto. Era tan atractiva… Su ropa era siempre vistosa, alegre, igual que su pelo. Llamaba la atención nada más verla. Vino a llenar el agujero emocional que yo mismo había ido haciendo más y más profundo desde que Sandra se marchó.

De pronto, me vi perdiéndome por las calles de la ciudad donde nací, que parecían infinitas. De un plumazo recuperé la alegría que había perdido hacía años. Fue un chute de validación tan grande, tanto físico como emocional, que hice todo lo posible para que no se acabara, aunque implicara sacrificar mis propias prioridades. Nadie me lo pidió. Lo decidí yo.

Por ejemplo, ella salía de trabajar muy tarde y habíamos adquirido la costumbre de que me llamara durante el trayecto de vuelta a casa, algo así como una hora. Ella llegaba con energía; yo, somnoliento después de un largo día y con el despertador puesto temprano. Pero nunca se lo dije. Contestaba siempre, como si nada. ¿Cómo iba ella a saber que me costaba?

Con el tiempo, aquellas llamadas se convirtieron en su espacio para desahogarse de una etapa muy difícil. Y yo, en lugar de pedir el mío, me acomodé en el papel de confesor. Al principio me reafirmaba sentirme su rescatador. Después empecé a no sentirme escuchado, pero no me planteaba si tenía derecho a acostarme, a ver la serie que me apetecía o a compartir mis propias preocupaciones. Simplemente, no entraba en mi esquema mental. Estaba convencido de que, callando, sería importante para ella.

Cristina atravesaba, además, un momento complicado: reconstruir su vida tras muchos años en pareja, descubrirse como mujer libre y compaginarlo todo con la crianza. Es lógico que su hija fuera su eje y que su expareja siguiera presente en su día a día. Ella nunca me lo ocultó: su hija sería siempre lo primero. Lo razonable habría sido entenderlo desde ahí. Pero yo, con el hambre de atención que arrastraba, acabé viviéndolo como una competición que no podía ganar.

Lo mismo pasaba con el dinero. Yo asumía los gastos de pareja sin cuestionarlo. Nunca le propuse compartirlos ni le dije que me pesaba. Era un acuerdo implícito que jamás verbalizamos y que, en realidad, sostenía yo. Como me pasaba en las aplicaciones, la suerte de compartir nuestras vidas era mía, no suya. Cristina era el regalo; yo, el afortunado que tenía el privilegio de recibirlo, aunque no lo mereciera.

Como dice la canción que abre este capítulo, quererse tendría que ser más fácil. La segunda etapa de nuestra relación llegó cuando empecé a sentirme agotado de tanto dar. Todo ese esfuerzo se transformaba en frustración cada vez que sentía que mis atenciones no eran correspondidas en la misma medida. Y lo curioso es que ella no había cambiado. El que había cambiado era yo, que empezaba a pasar la factura de algo que nunca le había cobrado.

Evidentemente, esto no ocurrió de la noche a la mañana, ni puedo señalar el momento exacto en que me di cuenta. Pero sí tengo el recuerdo nítido de esas llamadas en las que empecé a preguntarme por qué no se interesaba por mí. Me puse frente al espejo de lo que había construido: cuando llegaba mi turno de contar cómo me había ido el día, apenas quedaba tiempo. Tardé mucho en ver que ese turno nunca lo había reclamado.

Empecé también a cuestionarme por qué pagaba yo siempre, por qué había cancelado tantos planes con mis amigos, por qué las videollamadas con la niña o las menciones a su expareja, que al principio me parecían lo más natural, ahora me pesaban como losas. ¿Era eso lo que quería para mí? ¿Estaba siendo justo conmigo mismo? ¿O había cedido todo para construir algo que no me devolvía lo que yo daba? Lo que había sembrado tras María y lo que las aplicaciones habían reforzado ahora daba su fruto.

¿Por qué Cristina no se daba cuenta de mis esfuerzos? ¿No merecía una contraprestación por ello? La realidad es que ella había convivido con una versión de mí que no era auténtica. Pretender que de repente me devolviera los derechos que yo mismo había regalado no solo era ilusorio, sino también injusto para ella. Y sí, debería ser más fácil quererse entre dos, pero, sobre todo, aprender a querernos a nosotros mismos.

El final de la relación llegó precisamente por eso. Cuando mis reproches se volvieron constantes y no dejaba de pedir «atención por compasión», ella lo vio como una falta de autoestima y decidió romper. No se equivocaba. Ocho meses sosteniéndola y la moneda se dio la vuelta. Lo hizo el último día de unas vacaciones, y volver en avión con la pareja rota fue uno de los trayectos más largos de mi vida.

Fui tan complaciente que la acompañé hasta la estación de tren para que se despidiera de mí con frialdad, como quien cierra el grifo cuando ya no tiene sed.

En sus propias palabras, yo era una de las mejores personas que había conocido, pero ella necesitaba a alguien que la hiciera brillar. En aquel momento me pareció la mayor de las injusticias. Había apagado mi propio brillo por el suyo. Hoy entiendo que ahí estaba precisamente el problema: nadie puede hacer brillar a otro cuando se ha quedado a oscuras.

Nunca sabremos qué habría hecho Cristina si yo no hubiese cancelado mis planes con amigos para pasar con ella los fines de semana en que no tenía a su hija. O si, en lugar de atender sus llamadas a deshoras, me hubiera puesto a ver la serie que me apetecía. O si le hubiese propuesto compartir los gastos. Lo que sí sabemos es que, de haber actuado con naturalidad y no desde la complacencia, habría ido a ver a mis amigos, habría visto esa serie y habría puesto sobre la mesa lo que me incomodaba. Es decir, no habría perdido el mundo que había construido sin ella. Algo que, por otro lado, no era la primera vez que me pasaba.

Todo por no darme valor. Por no reconocer que, por el mero hecho de ser, ya soy digno de amor. Por darle la espalda a una máxima sencilla: en las relaciones, sean del tipo que sean, no se trata de demostrar nada, sino de estar, de disfrutar de la maravillosa suerte de coincidir.

Porque en un mundo como el actual, lleno de relaciones efímeras, donde impera la idea de que siempre habrá algo mejor, hemos olvidado lo evidente: que, a pesar de toda la gente que nos rodea, es muy difícil encontrar un hogar en otra persona.

El problema es que, para que ese hogar externo exista, el interno, el que solo depende de nosotros, no basta con que esté en pie. Necesita unos cimientos lo bastante sólidos para sostenernos, no solo cuando llega la tormenta, sino cada día, con o sin pareja, gestionando nosotros mismos nuestro bienestar y nuestra validación.

Y, si lo logramos, cuando encontremos a esa persona con la que conectamos de verdad, el único esfuerzo que tendremos que hacer será conservar nuestra esencia, aquello que nos hace únicos y nos lleva a lugares a los que solo nosotros podemos llegar.

Pero eso lo aprendí mucho más tarde. La ruptura con Cristina fue un antes y un después. Toqué fondo. Ella nunca volvió. Fue la única de mis parejas con la que jamás volví a tener contacto. Tras ella vinieron dos años sin pareja. El verdadero duelo por mis fantasmas del pasado empezó a fraguarse justo aquí.