Tras lo ocurrido con Cristina, toqué fondo. Pero no del mismo modo que con Sandra o con el trabajo. Aquellas situaciones fueron, en realidad, un cierre por derribo, más que el fruto de haberme cuestionado nada. El cuerpo me bloqueó y el instinto me empujó a salir de allí fuese como fuese.
En esta ocasión ya no estaba en un pozo oscuro, sino despierto, lúcido, pero atravesando un duelo. El huracán ya había pasado y el nuevo día había dejado al descubierto un paisaje marchito. No hacía más que hablar y hablar del tema con mis padres y mi hermano. No salía del bucle. A pesar de haber dado pasos evidentes hacia adelante, hacía mucho tiempo que no tenía estabilidad.
La edad empezaba a pesar, y la culpa por no cumplir las expectativas que yo mismo me había puesto me hundía. Verme sin pareja después de tantos intentos era frustrante. El trabajo iba mejor, pero ser autónomo implicaba una lucha constante. Me veía como una víctima. Como un agente pasivo que solo podía lamentarse y asumir la situación.
Un día, en una de esas charlas, mi hermano Fernando —que, como ya conté, es psicólogo— me sugirió que quizá debía cambiar de terapia. Llevaba varios años acudiendo a una profesional que me había ayudado mucho a superar el estrés. Analizaba mis reacciones y trataba de actuar sobre ellas. Sin embargo, había algo que no se tocaba: por qué ciertas cosas me afectaban tanto. Es decir, se trabajaba sobre el efecto, pero no sobre la causa. Podía usar mis herramientas para bajar la ansiedad, relativizar las situaciones o buscar alternativas, pero el origen se mantenía intacto. Y ya no se trataba de bajar la fiebre, sino de entender y acabar con la infección.
Siguiendo su consejo, empecé a trabajar con una nueva psicóloga, no sin cierto escepticismo después de tanto tiempo confiando en otra. Fue un verdadero paso adelante.
Ahora te pido que imagines un sendero que serpentea por la ladera de una montaña. A la derecha, el talud que desciende desde la cima; a la izquierda, una vegetación frondosa que oculta lo que hay más allá.
A medida que avanzamos, el camino se estrecha y se vuelve tortuoso. Cada paso cuesta más, pero solo hay una dirección posible: seguir.
Vuelve a mirar ese sendero y piensa en él como si fuera la historia de tu vida. Lo verás lleno de baches, de subidas y bajadas, de tramos donde cuesta respirar. Pues bien, para mí acudir a terapia fue como si un jardinero podara aquella vegetación y, tras ella, emergiera un enorme precipicio. Donde antes creía ver un camino seguro, apareció el vacío. Y sí, da miedo. Mucho miedo.
Pero a la vez se reveló un paisaje majestuoso, donde el valle se abría ante mis ojos, el río fluía tranquilo y el sol iluminaba todo lo que antes permanecía oculto. Desde entonces camino más prudente, más pegado al talud, con los pies cansados, pero también más consciente de dónde estoy, de cuánto he recorrido y de cuántos lugares que creía imposibles sé ahora que puedo alcanzar. Puedo decir que la terapia me cambió.
Sentarme frente a esa nueva psicóloga y empezar por primera vez a mirar hacia adentro, hacia las causas y no solo hacia los síntomas, fue un cambio brutal. En todo este camino me he encontrado con muchas personas que sabían lo que yo tenía que hacer o que lo habrían hecho mucho mejor que yo, y sus consejos nunca me sirvieron.
Como decía mi amigo y escritor Alfredo Rodríguez: «Esta es mi experiencia, y lo que vale para mí no tiene por qué valer para ti». O, parafraseando una frase atribuida a Santa Teresa: «Toma las riendas de tu vida y la conducirás; déjalas en manos de otros y serás conducido».
Empezar a mirarme a mí mismo puso sobre la mesa preguntas nuevas. O, mejor dicho, me ayudó a formular de otra manera las de siempre. Por ejemplo, la cuestión ya no era «¿de qué forma puedo reformar mi vida en Ávila?», sino «¿por qué no das el paso y te vas a vivir a Valencia, si allí te encuentras mejor?». La pregunta ya no era «¿qué tengo que hacer para ponerme en forma y gustar a una mujer?», sino «¿qué deporte me gusta y me ayuda a distraerme y a estar sano?».
Y, por encima de todo, me fue ayudando a comprender que las soluciones las tenía que poner yo, no ningún rescatador o rescatadora que llegara con una varita mágica, como había esperado de Cristina. Asumir la soledad y abrazarla, en lugar de llenar la agenda de forma compulsiva.
Porque, a fin de cuentas, aprender a estar solo no significa pasar un fin de semana en casa porque estás cansado del mundo o aislarte en un pueblo para «cambiar el chip». Significa que, cuando el teléfono deja de sonar, no hay planes y la vida sigue su curso sin ti, puedes sentirte en paz, completo, suficiente.
Durante ese periodo, mis esfuerzos se redoblaron. Tras Cristina, decidí no renunciar a Valencia y empecé a ir allí con más asiduidad. Fue un laboratorio de pruebas, porque cada vez pasaba allí más tiempo y ya no contaba con su respaldo. Así, con mucho miedo, empecé a comer con mis nuevos compañeros y compañeras de coworking, a tomar café solo cada día, a perderme paseando por la ciudad, a ir al fútbol, al cine… Y, ojo, con un esfuerzo enorme. Cada una de esas acciones, que a priori pueden parecer sencillas, me suponía un desgaste tremendo. Eran pequeñas barreras que iba superando. ¿Qué hago aquí? ¿Qué saco yo de sentarme en un bar sin nadie con quien hablar? ¿Por qué meterme en un coworking donde me siento extraño en lugar de quedarme en casa tan contento? Todas esas cuestiones me las lanzaba una y otra vez, creo que más por temor que por convencimiento. Y es que años antes jamás habría imaginado vivir situaciones así y, sin embargo, ahí estaba. Con miedo, pero sin parar de hacer.
No es que cada vez que volvía de pasear solo por el barrio del Carmen o del cine lo hiciera feliz y con todos los problemas resueltos, sino con cierto alivio de saberme capaz, de comprobar que aquello tenía sus cosas buenas y que, en realidad, no estaba atrapado entre cuatro paredes.
Un día me atreví a entrar en una tienda; otro, a comer fuera, y así, paso a paso, esas cosas que antes asociaba a la pareja o a los amigos empecé a hacerlas yo solo. Y no, no era lo mismo ni lo será nunca, igual que tampoco es lo mismo tomar el sol en la playa que visitar un museo. Cosas diferentes, con estímulos diferentes e igualmente necesarias.
Todo este esfuerzo derivado de la terapia, como cualquier labor sostenida en el tiempo, cansa. Ha habido momentos en los que he estado agotado de acudir a consulta y de insistir en cosas que muchas veces no me apetecían, o que venían acompañadas del incesante murmullo de terceros diciéndome lo que debía o no debía hacer. Entonces recuerdo una entrevista que el cómico Ángel Martín hizo al rapero El Chojin, en la que este reflexionaba sobre nuestra obsesión por rizar el rizo del autoconocimiento y la autoexigencia.
Decía que, en esa carrera hacia el bienestar, quienes viven de manera sencilla, viajan ligeros y no aspiran a tanto ya nos han ganado la partida.
La cuestión es: ¿nos lleva realmente a algún sitio todo este esfuerzo o deberíamos optar por la ruta más simple? Y es cierto: quizá podría haber renunciado a todo ese camino de cambio, haberme quedado en Ávila, aceptado un trabajo por cuenta ajena y, simplemente, dejado que el tiempo pasara. Pero no pude. Una vez despejada la maleza, quería seguir avanzando.
Este proceso no supuso una calma inmediata. Puedo decir sin miedo a equivocarme que he salido llorando de más de la mitad de las sesiones. Enfrentarse a los miedos, fantasmas y heridas del pasado es muy difícil. Pero, después de todo, aunque avanzar seguía siendo difícil, ver por fin el paisaje a mi alrededor empezó a darle sentido a todo.
El sendero no se había vuelto recto y, como veremos, los tropiezos seguirían llegando. Pero ahora caminaba con los ojos abiertos, consciente del precipicio, sí, pero también de la inmensidad del valle que se abría a mis pies. Ya no se trataba de avanzar a ciegas entre la maleza, sino de elegir conscientemente cada paso en ese nuevo camino.