Tras Cristina, el inicio de la nueva terapia y mi regreso a Valencia, estuve dos años sin pareja. Fue un tiempo de mucha monotonía en ese sentido, en el que ni busqué en exceso, ni se dieron las circunstancias, ni las pocas citas que tuve llegaron a buen puerto. Me dediqué a recolocar mi mente, a asentarme en mi nuevo entorno laboral y a lidiar con una vida a caballo entre la ciudad del Turia y Ávila, que me obligaba a estar de un lado para otro. En ese tiempo empecé a fraguar buenas amistades en el coworking al que acudía y fui construyendo un pequeño hogar lejos de casa.
Pero esa reconstrucción, mucho más consciente que todo el proceso anterior, fue calentando poco a poco el deseo de volver a estar con alguien, hasta que llegó un punto en el que era una olla a presión. Además, la terapia trajo consigo una gran introspección, tanto a nivel personal como en conversaciones con las personas que había conocido, que aportaban puntos de vista muy distintos de los que yo traía de una ciudad pequeña como Ávila.
Por un lado fue positivo, pero, por otro, en mi esfuerzo por rebajar esa presión, me expuso a una reflexión excesiva, a un cuestionamiento demasiado intenso de todo lo vivido, que no hizo sino aumentar la frustración. Había pasado de no mirarme por dentro a no saber dejar de hacerlo.
Me fui metiendo en la famosa parálisis por análisis. Cada decisión, por pequeña que fuera, pasaba por un tribunal interno que la examinaba desde todos los ángulos posibles: qué podía salir mal, qué diría mi psicóloga, qué había hecho mal con Sandra, con María o con Cristina. Y, por miedo a volver a fracasar, el veredicto casi siempre era el mismo: quedarme quieto. Pasaba más tiempo pensando y hablando de posibles soluciones que poniéndolas en práctica. Dejé la puerta abierta a demasiadas opiniones externas que, desde su punto de vista limitado (pues solo sabían de mí lo que yo verbalizaba), trataban de ayudarme a ver el camino. Pero yo llevaba demasiados kilómetros a la espalda, y ni las fuerzas ni las ganas eran las mismas. El cuerpo y la mente me pedían calma, pero esas personas solo veían al chico inseguro que había llegado a Valencia; no tenían ni idea de todo lo que había vivido ni del esfuerzo que me había supuesto llegar hasta allí.
Me vi sentado con personas con las que no tenía nada en común. En actividades que no me interesaban lo más mínimo. Escuchando lecciones que tenía más que aprendidas. Pero estaba tan cansado que contar todo lo que había pasado me desgastaba aún más. Y, claro, forzar situaciones no suele llevar a nada bueno.
Hay innumerables ejemplos de esto. Si practicamos deporte con más intensidad de la que nuestro cuerpo puede asumir, nos lesionamos. Si un niño intenta encajar una pieza del rompecabezas en el lugar equivocado, la pieza acaba rompiéndose. O si dejamos la comida en el horno más tiempo del indicado, se quema.
Sin embargo, en lo social me costó mucho asumirlo. Durante mucho tiempo creí que todo podía cambiar si uno hacía lo posible para que sucediera. Y sí, es cierto que en algunos ámbitos puede pasar, pero cuando hablamos de personas es muy distinto, porque implica mucho más que el mero hecho de querer que el otro actúe de una forma determinada. Lo esperé con mi primer jefe, lo esperé con Sandra, con María, con Cristina… y nunca pasó.
Pese a todo, no empecé a aprender la lección hasta el verano de 2024. En pleno mes de agosto, con Valencia casi desierta por el calor, apareció Nerea en una aplicación de citas.
Un soplo de aire fresco en medio de todo aquello. Durante cerca de un mes estuvimos intercambiando mensajes, llamadas y videollamadas. Estaba en una nube: por fin volvía a conocer a alguien con quien construir algo en lo sentimental y abrirme un camino más allá de todas esas situaciones que me suponían un examen constante. Lo cierto es que me enamoré de la posibilidad de enamorarme o, más bien, del futuro que llevaba tanto tiempo esperando.
Ella vivía en un pueblo a una media hora de Valencia, en una zona que ya conocía, con lo que el escenario y las rutinas me resultaban familiares. Pero, a diferencia de Cristina, que trataba de llevar su nueva vida hacia la ciudad, Nerea disfrutaba del entorno rural y tenía la vida enfocada en su pueblo. Eso sí, su situación económica la obligaba a pluriemplearse y los fines de semana trabajaba de noche en la capital. Algo que, por cierto, me generó dudas por los horarios, pero consideré que merecía la pena conocerla a pesar de ello.
Nerea me resultaba especialmente atractiva, y eso no solo me imponía, sino que desempolvó el viejo temor a no ser suficiente, como me había pasado en relaciones anteriores. En la primera cita traté, por supuesto, de controlar mis pensamientos, porque ya conocía esa situación y adónde llevaba. Sin embargo, llegué temblando, y no es una metáfora. Lo veía como una gran oportunidad que no podía desaprovechar. Todo fluyó tan bien como esperaba y la ilusión se desató entre los dos.
Pero la vuelta a la tierra llegó antes de lo esperado, quizá porque la terapia y las experiencias pasadas ya se habían encargado de ponerme en guardia ante cosas así. Bastaron un par de citas más y una llamada demoledora para darme cuenta de sus objetivos vitales: quería ser madre a corto plazo, y esa era su gran ilusión. Todo lo demás, viajar, conocernos sin prisa, disfrutar de lo que estaba empezando, quedaba en un segundo plano. Fue un planchazo. La conversación duró cerca de dos horas y yo no salía de mi asombro. ¿Cómo podía alguien a quien acababa de conocer no entusiasmarse con lo que estábamos descubriendo?
Aquella llamada lo cambió todo. Recuerdo que ese mismo día había ido a terapia y había contado lo contento que estaba. Al colgar, sentí cómo se encendían todas las alertas.
Y aquí es donde el sobreanálisis me jugó su peor pasada. Las alertas estaban ahí y las veía con total claridad, pero en lugar de actuar, me puse a analizarlas. Las diseccionaba en terapia, con mis padres, con mis amigos del coworking y conmigo mismo a las tres de la mañana. Tenía todas las respuestas y ninguna decisión.
A pesar de la decepción, seguimos quedando, pero ella no quiso afrontar el problema. Nunca lo hizo, de hecho. Con Nerea, tener una conversación en la que ambos expusiéramos nuestras necesidades y desencuentros era una misión imposible. Tenía una facilidad innata para salirse por la tangente y no entrar en ese tipo de debates. Si yo forzaba la máquina, todo acababa en reproches y tensión.
Y lo que empezó siendo una conversación sobre el futuro pronto se convirtió en una exigencia constante de compromiso. Más allá de nuestras diferencias de planes de vida, aquello me pareció una presión inusual entre dos personas que se estaban conociendo.
A todo esto se sumó su nulo interés por mi mundo. Nunca mostró una atención real por mis preocupaciones; cuando me preguntaba por mi día, se limitaba a escuchar de forma superficial. Se negó incluso a leer algunas páginas de los libros que había escrito o a interesarse mínimamente por mi trabajo, mi historia o mis pasiones. Otra vez la misma sensación que con Cristina. Y, cuando algo se repite tanto, quizá haya que empezar a preguntarse por el denominador común.
En esos momentos me sentía bloqueado y luchaba contra la evidencia de la que mi propia mente me alertaba. Me obligaba a creer. Ni se me pasaba por la cabeza dejar marchar a Nerea después de tanto tiempo esperando una relación. Pero ¿no era ya lo suficientemente evidente que no había camino?
Llegados a este punto, había argumentos de sobra para no seguir invirtiendo esfuerzos en Nerea. Pero seguimos, ella y yo, intentando colocar la pieza del rompecabezas aunque no encajara en su hueco. Mis motivos estaban claros: no quería volver a estar solo ni fracasar de nuevo. Y cuanto más invertía en la relación, más rabia me daba renunciar a ella.
Y si yo me había enamorado de la posibilidad, ella se había quedado prendada de un futuro idílico que nunca llegó, con hijos, boda y convivencia. En lugar de descubrirnos, de disfrutarnos, ella se dedicó a proyectar, y yo, a luchar contra un muro pensando que en algún momento caería.
Inevitablemente, los desencuentros empezaron a asomar bajo esa capa de ilusión —o, mejor dicho, de desesperación—, incluso en los aspectos más básicos. Por ejemplo, ella no contemplaba bajo ningún concepto salir de su pueblo, y no hablo ya de una mudanza, sino ni siquiera de hacer vida social fuera de él.
He de reconocer que hizo esfuerzos por venir a verme con frecuencia, pero para ella no dejaba de ser algo circunstancial. El futuro pasaría por su pueblo o no pasaría. Caía sobre mí toda la responsabilidad: acelerar unos procesos que yo entendía que debían ser naturales, comprometerme a la primera de cambio a tener hijos y renunciar a mi estilo de vida para irme a vivir con ella a su pueblo, después de todo lo que me había costado construirlo.
Pero el deseo compartido de disfrutar de algo estable —y la conexión íntima que sí existía y que nos atraía de forma irrefrenable— fue el armazón que mantuvo en pie los intentos, a pesar del daño que nos causábamos.
Sin embargo, nos topamos con un límite claro: ni nos entendíamos ni cedíamos un milímetro en nuestras posiciones. Lo intentamos de mil formas, pero no había manera. Por mucho buen fondo y muchas ganas que hubiera, el resultado era siempre el mismo.
De su frustración nació la falta de respeto, quizá como defensa, apuntando a lo más íntimo, donde duele, donde el instinto te invita a dar un portazo y no volver nunca más. Nunca me había encontrado con alguien que recurriera a lo más bajo para hacerme daño, con comentarios hirientes y una inconsciencia tremenda sobre el dolor que causaba, como usar lo más íntimo de la relación como arma arrojadiza cuando se quedaba sin argumentos. Sus ataques eran tan desconsiderados que me dejaban sin respuesta. Yo trataba de explicarme y ella tomaba mis réplicas por palabrería.
Recuerdo una de esas discusiones en las que ella evitaba a toda costa profundizar en nuestros conflictos. Llegó a acusarme de algo muy grave, tan injusto que me dejó bloqueado. No solo me dolió, sino que puso en alerta a las personas de mi entorno a las que pedí consejo. Y, aun así, seguí insistiendo en que Nerea era el camino, en que tenía buen corazón y en que, a poco que pusiera de su parte, había futuro.
Creo que, para ella, esos ataques no eran más que una manera enrabietada de quitarse la presión de encima y recuperar esa estúpida razón por la que tanto nos peleamos en la vida y que solo sirve para separar a la gente.
No recuerdo cuántas veces nos dejamos el uno al otro en apenas un año.
Es curioso cómo un deseo tan natural como el de tener un compañero de vida o el de tener hijos consigue nublar la ética o la templanza más elemental. Nos hace creernos nuestras propias locuras, pasar por encima de sentimientos reales y darle la espalda a la vida, aunque nos grite que no lo estamos haciendo bien.
Ni los tiempos, ni la comunicación, ni las formas fueron los adecuados. Pero quizá la mayor lección de mi tormentosa relación con Nerea fue darme cuenta de que había forzado las cosas cuando no fluían, y de que entender un problema no es lo mismo que resolverlo. Alargamos el vínculo, sí, pero las heridas eran tales que cada reconciliación no partía de cero, sino de puntos cada vez más alejados en los que, parapetados tras el rencor y en posiciones cada vez más firmes, era imposible cualquier acercamiento.
No creo que hubiera solución para nosotros, y lo más generoso que podríamos haber hecho el uno por el otro habría sido alejarnos. Pero ni yo dejé de acercarme ni ella de permitírmelo.
Después de todo, creo que, cuando conectas de verdad con alguien, todo esto simplemente no sucede. Basta con la presencia del otro para estar en paz. Sobran el reloj, las fechas y las obligaciones. Es encontrar un remanso en el ya de por sí agitado mundo que nos rodea. Unirnos para sumar presiones, imponer nuestros criterios o tratar de corregir al otro es la peor forma de encontrar el amor.
No podemos educar a nadie. Nuestra historia vital nos pertenece a cada uno, y los anhelos de Nerea eran solo suyos, fruto de todo lo que había vivido y aprendido. Pensar que mi lógica debía ser la suya tampoco era el mejor camino, porque ni soy mujer ni he estado en su piel.
Al final, como dice la canción de Joaquín Sabina, ni yo era el marido que ella buscaba, ni lo que había encontrado justificaba los nervios de aquella primera cita. Solo éramos dos personas deseosas de sentirse queridas y de cumplir con las expectativas, realistas o no, que nos habíamos montado en torno al otro.
Creímos que aquel encuentro era el final del camino y que bastaba una cita para dar por terminada nuestra particular búsqueda. Confundimos amor con necesidad y forzamos tanto lo que teníamos que, cuando por fin lo sacamos del horno, no solo no pudimos disfrutar del festín, sino que el plato estaba tan quemado que ya no había forma de arreglarlo.
Había aprendido la lección: no se puede forzar lo que no encaja. Y durante un tiempo creí que esa era la respuesta definitiva; que, si encontraba a la persona correcta, a alguien cuyas piezas encajaran con las mías como en un rompecabezas perfecto, todo lo demás funcionaría. Pero ¿qué ocurre cuando las piezas sí encajan, cuando encuentras a alguien con quien todo fluye y, aun así, el castillo se derrumba? Un año después encontraría la respuesta.