Cuaderno de bitácora

Capítulo IX

LAS CIRCUNSTANCIAS

«Será que hablamos, pero no escuchamos»

Enrique Bunbury

A principios de este siglo, mi equipo de fútbol, el Valencia, jugó su segunda final de la UEFA Champions League, la competición de clubes más prestigiosa del mundo. Un año antes también había llegado a la final, pero cayó derrotado de forma humillante.

Trescientos sesenta y cinco días después, el escenario era muy distinto. La plantilla se había reforzado, los jugadores eran más maduros y la táctica, más sólida. El partido comenzó bien. El Valencia se adelantó en el marcador y, además, le detuvo un penalti al Bayern de Múnich. Todo parecía tocado por la fortuna. El triunfo estaba cerca y, con él, la posibilidad de grabar para siempre el nombre del conjunto che en la historia del deporte.

Pero el rival empató. Se llegó a la prórroga y, pese a las ocasiones claras, el Valencia no volvió a marcar. Tanda de penaltis. Muerte súbita. Todo el trabajo de una temporada dependía de aquellos lanzamientos. Nada de lo hecho hasta entonces —ni la larga fase de grupos, ni las eliminatorias agónicas, ni los goles celebrados— tenía ya valor. Y llegó el penalti clave. El portero alemán lo detuvo y el equipo perdió su segunda final en dos años.

Muchos de los protagonistas de aquella noche, ya retirados, confesaron tiempo después que darían lo que fuera por volver a jugar ese partido. Decían que estaban muy bien preparados y que, de cien veces, lo habrían ganado noventa y nueve. Pero la realidad fue otra. Aquella noche bastó una ráfaga de viento, una brizna de césped mal cortado o un simple grito desde la grada para que lo probable se convirtiera en imposible.

Este relato, aunque futbolístico, puede aplicarse a cualquier ámbito de la vida, incluidas las relaciones. Porque, incluso poniendo lo mejor de nosotros, las cosas no siempre salen como esperamos. El mundo en que vivimos es dinámico, sujeto a cambios y circunstancias que no podemos controlar. Es como la tormenta que sorprende a unos marineros en mitad del océano: la estabilidad de la embarcación depende de su estructura y de la habilidad de la tripulación, pero, aun así, una sola ola mal encarada puede volcar el barco más sólido.

Esa fue la conclusión a la que llegué tras mi relación con Alejandra, a quien recuerdo con especial cariño a pesar de que apenas estuvimos juntos unos meses.

Nerea trajo mucho caos a mi vida, pero chocar tantas veces contra el mismo muro acabó por tatuarme muchas lecciones que llevaba años aprendiendo y que con ella terminaron de aflorar. No quería volver a discutir con nadie de forma agresiva. No quería volver a ensalzar a nadie que no se lo ganara. No quería forzar situaciones imposibles y, por encima de todo, no quería abandonarme a mí mismo.

En esas estaba cuando, como ya había pasado otras veces, apareció sin esperarlo Alejandra, también a través de una aplicación. Pero con una diferencia: ya no tenía la imperiosa necesidad de pareja que lo precipitó todo con Nerea, ni me sentía tan solo, porque estaba invirtiendo más en mis amistades, ni usaba las aplicaciones de forma compulsiva.

Simplemente hablamos. Y, día tras día, ella fue formando parte de mi vida. Todo fluyó con naturalidad. Alejandra era dulce, tranquila y decidida, tanto en sus palabras como en sus actos. Lo que decía lo cumplía. Lo que quería, hacía lo posible por conseguirlo. Si se equivocaba, trataba de enmendarlo. No había vivido nada parecido.

Cuando digo que «fluyó», no uso ese término manoseado que esconde falta de compromiso, sino su sentido más genuino: fluir como fluyen los ríos hacia el mar. Con sentido, con naturalidad. Con un ritmo armonioso que buscaba un camino claro, pero sin apenas hacer ruido. Ambos sabíamos lo que queríamos y simplemente nos dejábamos llevar.

A pesar de la distancia —ella vivía en Alicante y yo en Valencia—, construimos un vínculo que me hizo sentir más acompañado que con otras parejas que vivían más cerca. Poníamos todos los medios, tanto digitales como físicos, y recorrer los kilómetros que nos separaban nunca fue una carga, sino una motivación. Al menos, para quien escribe.

Cuando nos veíamos, pasábamos varios días juntos con una comodidad y una complicidad que asustaban. La relación dibujaba solidez, futuro y entendimiento mutuo. Hicimos pequeñas escapadas, practicamos deporte, cocinamos, probamos restaurantes, vimos series, fuimos a conciertos e incluso planificamos vacaciones juntos. ¿Qué más se podía pedir en apenas unos meses? Volviendo al ejemplo futbolístico, el partido estaba controlado, el rival parecía dormido y no generaba ocasiones.

Mi psicóloga solía decirme que me había acostumbrado a las «relaciones montaña rusa»: intensas, inestables, con subidas vertiginosas y caídas brutales. Pero Alejandra era como una Coca-Cola: dulce, estable, con un chute de motivación, sí, pero sin hacer daño. Moderada en sus palabras, serena en sus actos.

Solo había pequeños desencuentros, como nuestras diferentes formas de entender el orden en casa —ella era especialmente perfeccionista—, pero nada más allá de las costumbres de dos personas que habían vivido mucho tiempo solas. Notaba su tensión cuando, por ejemplo, no me quitaba las zapatillas al entrar en casa o no cerraba bien el grifo de la ducha. Corrección y a seguir. Perfeccionismo. Nada más.

Pero un buen día las circunstancias cambiaron. Ella se compró un piso en Elche al que debía mudarse en apenas un mes, porque se había precipitado al dejar la vivienda que alquilaba. Montar un nuevo hogar en tiempo récord supuso una carga de estrés enorme. Quizá un error, sí, pero una decisión suya sobre la que yo no tenía nada que decir.

Por mi parte, acababa de recibir la aprobación de un cliente para ejecutar un proyecto empresarial gigantesco, el más ambicioso de mi vida. Eso también me tenía muy nervioso. Pasamos de conocernos a desahogarnos. De jugar a soportar cargas. De hablar de ella y de mí a hablar de contratos, muebles e hipotecas. De pasear por la ciudad vacía a pasear por Leroy Merlin. De disfrutar de la suerte de habernos encontrado a darnos por hecho.

El caldo de cultivo estaba preparado, pero nosotros —una pareja todavía incipiente— no lo estábamos tanto. Yo sentía que el piso lo ocupaba todo; ella, que yo no la entendía y que el proyecto me estaba consumiendo.

Una noche cualquiera surgió un pequeño malentendido por teléfono. El tono subió varios grados. Escarmentado por experiencias pasadas, intenté enfriar la situación para no discutir en ese momento. Pero eso le resultó insoportable. Alejandra estaba acostumbrada a resolver los conflictos al instante; lo había comprobado alguna vez que discutió con su expareja, intensamente y hasta bien entrada la noche. Mala decisión la mía, porque, cuando por fin abordamos el tema al día siguiente, tuvimos la discusión más fuerte de mi vida. Y encima con ella, con Alejandra, que era mi remanso de paz.

Fue un intercambio de reproches sin sentido, en el que ninguno escuchaba al otro. Discutir por discutir. Ya ni siquiera sabíamos de qué hablábamos, ni durante aquella conversación ni en las de los días posteriores. Ninguno esperaba algo así. Creo que ni ella discutía conmigo ni yo con ella. Probablemente yo lo hacía con mi exjefe, con Sandra, con Nerea… pero no con ella. Quizá Alejandra lo hacía con la pareja con la que había compartido diez años, o con el novio con el que había acabado mal, pero no conmigo.

Un error no forzado. Un gol a la contra. Empate. Un partido nuevo. Tras esa pelea, nada volvió a ser igual. El encuentro entró en una fase de faltas, tarjetas y juego defensivo. Con cuidado de no cometer otro error. Aún compartimos algunos fines de semana —incluso viajé un día a Alicante para acompañarla al hospital—, pero entre los dos se había levantado un muro. Un muro para protegernos, sí, pero sobre todo para no volver a encender al otro. Sin embargo, lejos de mejorar, todo se volvió gris. Bastaron un par de chispazos más para que la relación se rompiera del todo.

Una discusión tonta reabrió la herida que nunca había cicatrizado. Días de silencio, su malestar, la falta de respuestas, mi poca paciencia… y el final llegó solo. Una llamada y se acabó. La tanda de penaltis. El lanzamiento fallado. El partido perdido.

Una pareja con futuro, terminada por la mala gestión de un momento puntual. ¿Debería haber funcionado? Tal vez. Quizá, sin la compra del piso y sin mi proyecto —o al menos no en un momento tan temprano—, todo habría sido distinto. Quizá sin esa llamada no habríamos discutido. Quizá, si no hubiera aplazado la conversación, el malentendido se habría quedado en nada. Del mismo modo que, si Pellegrino hubiera ajustado más su lanzamiento, si Cañizares hubiera estirado un poco más el brazo, si hubiera llovido o si el césped hubiera estado más uniforme, quizá el Valencia habría levantado el trofeo. Pero no pasó. Ocurrió justo esa vez entre cien en la que se perdía la final. Lo mismo que pasó entre Alejandra y yo.

Sí, podríamos habernos conocido en otro momento. Todo lo que sucedió podría no haber pasado. Pero entonces no habría sido nuestra historia, y eso solo queda bien en las fantasías. Como dice aquella frase de El señor de los anillos, solo podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. O, lo que es lo mismo, podemos aprender a lidiar con lo que se nos venga encima, pero maldecir las circunstancias no es más que la excusa que nos dejó el dolor.

Quien lea estas líneas entenderá la pena y el vacío que me dejó esta experiencia. Extraer una lectura positiva fue difícil, porque la sensación de haber tenido una buena relación y verla diluirse pese a todo pesaba demasiado.

Me dejó patente, una vez más, lo difícil que es conectar hoy en día. Por mi parte, intenté arreglarlo, incluso meses después, pero me quedé solo en esa lucha. Ella ya no estaba ahí. No la culpo; cada uno tiene su historia. Pero no dejo de darle vueltas a la idea de que quizá nos convertimos en una de esas trituradoras sentimentales que tanto criticamos, pensando que lo mejor estaba por llegar. Había espacio para una conversación a la cara. Para un reencuentro. Después de todo lo vivido, los motivos de esta ruptura fueron insignificantes.

Pero sí hubo algo que me llevé en positivo de todo esto. Y es que, durante mi etapa con Alejandra, había ido regando algo muy valioso: mi entorno. Tras años poniendo mi validación en manos de terceros, llevaba mucho tiempo, desde que empecé la terapia, apoyándome más en mi familia, reconectando con viejos amigos y afianzando las nuevas amistades.

Había construido una red que me sostenía. Gracias a ellos y a todo el trabajo de terapia que ya había hecho, esta ruptura no fue una caída. Cuando la pena se fue, quedaron ellos. Los de siempre. Los que nunca se fueron. Había perdido la final, sí, pero el equipo seguía dispuesto a volver al campo y una nueva temporada estaba a punto de comenzar.