Imagino nuestro mundo social como el tronco de un árbol. En el centro se sitúa la familia, las personas que, por vínculo biológico y emocional, mantienen con nosotros una relación estrechísima, casi indisoluble.
En un segundo anillo están las amistades más cercanas, aquellas con las que compartimos intimidades, vivencias y una trayectoria, y que, bien por el tiempo que hemos pasado juntos, bien por la intensidad, conocen una parte importante de lo que somos.
A continuación aparecen esas amistades de segundo nivel con quienes compartimos intereses, pasado y otros vínculos, pero que no tienen un acceso tan directo a nuestras preocupaciones y sueños.
Y, por último, las personas que aportan algo positivo a nuestra vida como compañeras de viaje: el entorno del día a día, el trabajo, el gimnasio, la cafetería de siempre.
Estas capas de madera son las que nos sostienen a lo largo de los años: nos protegen de la soledad, nos guían, comparten con nosotros alegrías y dolores y conforman el paisaje de nuestra vida.
Pero son los anillos más internos los que asumen de verdad esa responsabilidad, y nosotros, a su vez, formamos parte de los suyos. Es esa retroalimentación tan sana la que construye relaciones sólidas, bajo la máxima que mi amigo Alfredo Rodríguez recoge en su libro Intentando ser feliz… a ratos: «Si yo estoy bien, tú estás bien. Pero si tú estás bien, yo estoy mejor».
En este libro he relatado con detalle la importancia que he dado a mis parejas y su influencia en mi desarrollo. Pero ¿qué hay del vínculo con todas esas personas que, con su presencia silenciosa, nos sostienen día a día? La sociedad actual nos lleva a dar demasiada importancia al bienestar individual y no tanta a ese salvavidas que es nuestro círculo más íntimo. Algo que tradicionalmente era innegociable. Casi sin darnos cuenta, hemos pasado de vivir en comunidad a vivir frente a una pantalla.
Mi experiencia con Alejandra supuso llegar a la cima de la montaña. Darme la vuelta por primera vez y ver el camino recorrido. Y en todo ese viaje había personas que nunca habían dejado de acompañarme. Su lealtad, su cariño y sus buenas intenciones compensan de sobra los errores que hayan podido cometer, y también los que yo he cometido con ellos.
Y en medio de este planteamiento, ¿dónde se sitúa la pareja? Durante mucho tiempo cometí un gran error, y a veces todavía lo cometo: permitir que, cuando una mujer llega a mi vida, atraviese todos esos anillos hasta colocarse de manera casi automática en el más íntimo. Pasó con Sandra al principio, cuando acabé aislándome, pero también con María o con Cristina, a las que veía como salvadoras.
Pero ¿es eso justo? ¿Puede una reacción bioquímica romper barreras que a otras personas les ha costado años, incluso décadas, ganarse? ¿Por qué nos pasa esto?
En todas esas situaciones, cuando encontré la carta de Sandra, cuando dejé a Cristina en la estación tras el viaje o cuando colgué el teléfono con Alejandra por última vez, siempre fueron las mismas voces las que me reconfortaron. Quizá en su momento no les di importancia, pero nunca dejaron de estar, ni en los episodios de este libro ni en el resto.
Confundí la intensidad con la importancia. La necesidad satisfecha con el amor sólido. El vértigo del enamoramiento nos hace creer que esa emoción desbordante merece un lugar privilegiado, cuando en realidad todavía no ha demostrado su resistencia al paso del tiempo.
En la mayoría de mis relaciones regalé todo lo que tenía sin saber si había agua en la piscina o si me lanzaba contra el suelo.
He llegado a aprender, no sin esfuerzo, que el verdadero valor de una relación (de cualquier tipo, no solo amorosa) no se mide por lo que promete, sino por lo que hace. En todas las historias de este libro hubo mucha intención y la convicción de que detrás de ella había algo real.
Pero, al final, todos esos propósitos, declaraciones y discursos sobre la pareja que éramos quedaron en nada. Porque, a la hora de la verdad, con Cristina todo terminó en una estación de tren al volver de Lisboa, y con Alejandra, por mucha fuerza que tuviera lo nuestro, aquella conversación frente a frente nunca llegó.
Algo que, por suerte, sí ocurre con esos anillos más internos de nuestra vida social. En todo este periodo volví a estrechar lazos con mis amigos de la infancia, fragüé con mi hermano un vínculo más sólido que nunca y reforcé amistades hasta convertirlas en pilares. Personas que siempre quisieron estar, con las que siempre quise estar y que se quedaron.
Los hechos son el verdadero lenguaje del amor. Y quizá por eso, con el paso de los años, he aprendido a mirar menos las palabras y más los gestos. A valorar la constancia, el detalle, la presencia callada. No hablo de la obligación de un contacto diario, sino de la valiosa certeza de que, si me pasa algo, estarán al otro lado del teléfono, esperándome en el sitio acordado o sentados a una mesa para comer juntos.
Quienes de verdad nos quieren no necesitan recordárnoslo cada día: simplemente lo hacen notar. Están. No proclaman, no exigen; solo permanecen, por el mero placer de pasar los años juntos.
Me refiero a todas esas personas con las que podemos pasar horas, días o meses sin hablar y, cuando lo hacemos, sentimos que el tiempo no ha pasado. Esa es la gente que sostiene. La que no entra en escena con fuegos artificiales ni reivindicaciones. En ella no hay espectáculo, ni grandilocuencia, ni lecciones. Hay una lealtad discreta pero inquebrantable, a veces con peleas y momentos tensos, que al final es la que de verdad salva.
Aunque lo he vivido en pocas ocasiones, creo que la pareja de verdad, la que de verdad suma, debería funcionar igual. Pero hoy, con el amor líquido a la orden del día, es mucho más fácil esperar a la siguiente persona que aparezca que valorar a la que ya nos acompaña. ¿Qué pasaría en nuestras vidas si pudiéramos hacer eso con la familia o los amigos cada vez que no cumplen nuestros criterios? ¿Dónde estarían todos los que hoy nos acompañan?
Probablemente estaríamos solos, rodeados de caras nuevas, pero sin raíces. Porque el amor —en cualquiera de sus formas— no se construye con reemplazos, sino con tiempo.
Cambiar de persona cada vez que algo se complica puede aliviar momentáneamente la ansiedad, pero priva a la vida de profundidad. Por eso, aunque no salió bien, insistí con Alejandra, e incluso con María. Merecía la pena intentarlo, merecía la pena no dejarnos pasar. Merecía la pena hacer lo posible para que la suerte de conocernos no cayera en saco roto.
Lo efímero entretiene, pero no sostiene. Lo duradero, en cambio, requiere paciencia, vulnerabilidad y voluntad de quedarse incluso cuando el brillo inicial se apaga.
Confundimos la comodidad con la felicidad. La psicología naíf, las redes sociales y las corrientes de pensamiento actuales nos han acostumbrado a creer que lo sano es soltar en cuanto duele, cuando a veces lo verdaderamente sano es reparar, siempre que haya algo que reparar.
Las relaciones —todas— atraviesan etapas grises, y es precisamente en ellas donde se demuestra el compromiso real. Si desaparecemos cada vez que el otro tropieza, jamás aprenderemos a amar de verdad. Porque amar no es solo disfrutar de la presencia del otro, sino también soportar su ausencia sin destruir el vínculo.
Por eso, cada vez que miro ese tronco imaginario del que hablaba al principio, pienso en las cicatrices de su madera. Son las huellas de los años, de los vientos, de los golpes. Y, sin embargo, el árbol sigue ahí, más fuerte, más sabio, más estable. Así me gustaría que fueran mis relaciones: no perfectas, pero sí honestas. Con grietas, sí, pero llenas de vida. Porque, al final, quienes permanecen son los que entienden que amar no es solo dar, sino también agradecer lo que el otro te aporta sin pedir nada a cambio.