Cuaderno de bitácora

Capítulo XI

LA AMISTAD

«Si salgo corriendo, tú agarra todo el rato, y si no te escucho, grita»

Jarabe de Palo

¿Cuántas amistades tengo? Esa es una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez, pero que tiene diferentes respuestas a lo largo de la vida. Por lo general, en las etapas más tempranas, nuestro listón para medir quién es amigo y quién no lo es se sitúa muy cerca del suelo. Basta con compartir un buen rato de juegos para que, acto seguido, alguien pase a formar parte de nuestro círculo.

Durante la adolescencia y los años universitarios, nuestra socialización alcanza cotas más altas y pasamos del vis a vis infantil a un modelo relacional basado en grupos. Encontramos nuestro clan, como los antiguos escoceses, y con él compartimos rutinas, obligaciones, aspiraciones y ocio. Es una etapa en la que solemos igualarnos y medirnos con nuestros compañeros de viaje.

En ese camino aprendemos, nos imitamos, nos apoyamos y probamos nuestros roles sociales lejos del confort familiar. Es el momento en el que se forjan las llamadas «amistades de toda la vida», que nos acompañan desde que crecemos hasta la edad adulta.

Pero ¿qué ocurre cuando llegamos a la madurez y dejamos de estar guiados por la necesidad de ser libres? ¿Qué ocurre cuando en la ecuación dejan de entrar los factores presenciales y aparecen los emocionales, intelectuales e incluso económicos? ¿Qué ocurre cuando las parejas, el trabajo, los horarios o los cambios de residencia entran en nuestra vida?

A diferencia de lo que ocurre en la infancia, la adolescencia y la juventud, al llegar a la edad adulta dejamos atrás ese clan y vamos seleccionando nuestro entorno de una forma cada vez más refinada. Ya no se trata solo de tener a alguien con quien tomar una cerveza, sino de que esa persona nos aporte algo positivo, más allá del acto en sí.

Volvemos entonces a la pregunta con la que empezaba este capítulo: ¿cuántas amistades tengo? Soy una persona con un nivel de lealtad muy alto, y eso me ha llevado a meter en el saco de mis amistades a personas que no lo merecían, por el mero hecho de haber compartido algo durante una etapa o un momento puntual. La amistad no es un contrato ni un pacto indisoluble que no pueda romperse so pena de condena eterna. Los amigos han de aportar, por encima de todo, bienestar.

Por eso, en la edad adulta, las personas con las que compartimos el día a día no tienen por qué ser nuestros amigos, como muchas veces ocurría en el colegio o la universidad. Del mismo modo, podemos nutrirnos de personas con las que no tenemos un trato habitual si, cuando coincidimos, encontramos en ellas un refugio.

A mi amiga Sonsoles, Sonso, la conozco desde los dieciséis años. Creo que puedo contar con los dedos de una mano los viajes que hemos hecho juntos, las veces que hemos comido a solas o compartido aficiones. Pero desde aquellos lejanos primeros dos mil, quitando a mi familia, todas las historias importantes de mi vida han pasado por ella o han acabado en ella.

Cuando se fue Sandra y todas las puertas se cerraron, la suya se abrió de par en par. Sin juicios, sin reproches ni opiniones, pero con la sutil cura de quien acompaña, de quien ofrece su mano no para aleccionar, sino para caminar juntos.

Durante mucho tiempo confundí compañía con amistad, en parte como herencia de lo aprendido en el colegio o el instituto. En los días más bajos tomaba café con cualquiera que quisiera, buscando la validación que tanto mi expareja como mi trabajo me habían quitado.

En esa necesidad, vendí mi compañía tan barata que, en malas manos, resultó ser vinagre sobre la herida. Di con personas que se aprovecharon de mis capacidades, mis contactos y mis posesiones, que pusieron buena cara y buenas palabras mientras ese fue el precio. Todas ellas, sin excepción, desaparecieron cuando puse límites y se cerró el grifo.

En esos casos, la relación era un intercambio de compañía por beneficios, no una amistad genuina. Hay una fábula sobre la amistad según la cual la prueba de que estamos ante un verdadero amor fraternal es estar dispuestos a ocupar el lugar del otro si supiéramos que algo va a hacerle daño.

En otras palabras, podemos considerar que estamos ante una amistad genuina si tenemos la certeza de que, en caso de necesitar a esa persona, estará a nuestro lado. Cuando dudamos, cuando entran los condicionantes, quizá estemos ante otro tipo de vínculo, pero no ante una verdadera amistad.

Aunque esa fábula encierra mucha verdad, también eleva la amistad a un rango privilegiado, y no creo que deba ser así. Desde mi punto de vista, existen muchas clases de amigos y no todos han de aportarnos lo mismo. Con algunas personas tendremos una conexión total, y será maravilloso, pero también hay espacio para aquellas con las que conectamos a nivel emocional o con las que reímos sin medida, aunque no compartamos nuestros dramas vitales.

Todas, de un modo u otro, nos aportan bienestar, no nos hacen daño y nos ayudan a que la vida merezca la pena. Me costó mucho adentrarme en el camino de los grises y desterrar la idea de que, en cuestiones de amistad, todo era blanco o negro.

Es cierto que hay personas con las que parecemos encajar por completo, pero en muchas ocasiones —al menos esa fue mi experiencia— ese encaje era fingido, nacido del interés y no de la realidad. Reír, participar o coincidir para obtener algún beneficio individual no es amistad.

Al mismo tiempo, somos imperfectos. No podemos estar de acuerdo en todo, ni acertar siempre, ni siquiera cuando la conexión es total. ¿Cuántas amistades tienes? Cierra los ojos y piensa en esas personas que te hacen sentir bien, que te reconfortan, te consuelan y te sacan sonrisas.

Esas son tus amistades. La vida las va poniendo delante y, con el paso del tiempo, hace que se queden a tu lado. No siempre están presentes, pero siempre están en el camino, y ese camino, por largo y tortuoso que sea, encuentra descanso en cada una de ellas.