Cuaderno de bitácora

Capítulo XII

EL HOGAR INTERIOR

«Solo se me ocurre, antes de empezar a andar: gracias por los días que vendrán».

MClan

Estos son solo algunos destellos de los pasos que me han traído hasta hoy, pero tengo claro que el camino no acaba mientras estemos vivos. Igual que nunca se termina de reparar una casa: salvo que queramos vivir entre paredes desconchadas, puertas que no cierran o baldosas sueltas, siempre hay algo que arreglar.

Esto, traducido al ámbito de este libro, significa cuidar nuestro hogar interior. Es la gran lectura que saco de todo este proceso, pues no se trata solo de querer, trabajar, reír, bailar, viajar o conocer gente nueva, sino de hacerlo desde y para el bienestar.

Vivir hacia adentro, hacia nosotros, y no hacia afuera. Y tener siempre presente esa máxima de mi amigo Alfredo que ya he citado: «Si yo estoy bien, tú estás bien. Pero si tú estás bien, yo estoy mejor».

Cuidémonos para cuidar mejor, querámonos para querer con respeto. Después de estos años, creo que dejar de mirar a los demás y empezar por nosotros mismos es lo mejor que podemos hacer para cambiar nuestra vida.

Porque, al final, todo este aprendizaje se resume en buscar esa sensación de calma; en sumar todos esos pequeños momentos que nos ayudan a sonreír, a sentir cómo el aire llega limpio a los pulmones sin el freno de la ansiedad, a acallar esas voces que no nos dejan dormir porque nos piden más o nos reprochan errores, de esos que los humanos cometemos día tras día.

No, no se puede ser feliz todo el tiempo, pero sí podemos ir juntando lo que nos hace bien y desechando lo que nos hace mal. Una tarea titánica, sí, pero posible.

Y tenemos un gran aliado en nuestro cuerpo. Basta con hacer caso a sus señales para saber si estamos en un buen o en un mal momento. La naturaleza no suele engañar, y si estar con una persona nos genera de forma habitual tensión, irritabilidad o preocupación, tal vez no sea la indicada.

Si para ganarnos el sueldo tenemos que hacer sacrificios que entran en conflicto con nuestra dignidad, es mejor que busquemos otro empleo. Y si acudir a un compromiso nos supone un malestar tremendo, tal vez no sea mala idea decir que no nos apetece y ponernos, aunque sea de vez en cuando, un poco por delante.

De haber sido capaz de aplicar esto, quizá me habría ahorrado los ataques epilépticos, habría hablado a tiempo con Cristina de lo que me incomodaba, no habría aceptado aquel mes sin cariño con María o habría hecho más por mantener el vínculo con mis amigos cuando estaba con Sandra.

Pero, como me dijo una de mis psicólogas, todos sabemos qué hacer cuando miramos por el retrovisor, pero no nos queda más remedio que vivir, experimentar y corregir, como ocurre en el mundo del emprendimiento.

Después de todo, pienso que no existen recetas mágicas, por mucho que nos las quieran vender los gurús de la autoayuda, la psicología naíf o los tertulianos de sofá y café. No sería mala idea desinstalar Instagram durante una buena temporada, donar todos esos libros que prometen la felicidad y empezar a leer filosofía, que nos ayuda a pensar y no nos regala atajos impuestos por editoriales o por personajes que, por acumular un determinado número de seguidores, convierten sus patrañas en dogmas.

El camino hay que recorrerlo por uno mismo, conscientes de que lo importante no es la meta. Como en «Ítaca», de Kavafis, lo que da valor al viaje es todo lo que aprendemos mientras avanzamos.

Y cada una de esas lecciones será única para nosotros, aunque compartamos etapas con otras personas. Nuestra historia vital, nuestra ética o el momento que estemos atravesando harán que lo que para una persona es válido, para la de enfrente sea perjudicial. Y ambas opciones estarán bien.

Por eso no comparto, para nada, la terrible tendencia a aleccionar con el «yo ya he pasado por esto», como si eso diera derecho a decirle al otro lo que tiene que hacer. Desengañémonos: nadie ha pasado exactamente por lo tuyo. Muchas veces no es más que una búsqueda de validación, porque quien de verdad quiere ayudarte lo primero que hace es ponerse en tus zapatos. Esto no quiere decir que no escuchemos opiniones, pero tomémoslas como lo que son: pareceres de otras personas, por muy insistentes que sean. Y está bien: muchas nos aportarán, nos servirán de espejo e incluso podremos llevarlas a la práctica. Pero mi recomendación es hacerlo con consciencia, desde adentro, para que las acciones salgan de nosotros y no de quien nos lo dice, ni mucho menos de quien trata de imponer su criterio.

Demos la espalda a tanto juicio vacío, al agotamiento aspiracional de la sociedad contemporánea que tan bien retrata Byung-Chul Han, a los papeles que cumplir y a la obligación de demostrar. Porque todas esas personas que suben sus fotografías a las redes también lloran, también tienen celulitis, también sufren rechazo y también dudan. Y, cuando alguien necesita de forma tan imperiosa contarle al mundo lo que hace, vive o piensa, quizá tras todas sus capas de justificaciones haya una búsqueda galopante de atención.

Este filósofo surcoreano, afincado en Alemania, lleva años advirtiéndonos del daño que la sociedad de la comunicación está causando a nivel global. Nos venden un modelo vital inalcanzable para la inmensa mayoría de la población. Lo vemos de forma muy clara en las aplicaciones de citas, repletas de fotografías de cuerpos imposibles, retocados con filtros hasta la saciedad para encajar en un determinado patrón.

Hay numerosos estudios publicados en todo el mundo que apuntan a que una mayor actividad en redes está vinculada a una menor autoestima.

Por ejemplo, la Universidad Católica de Milán hizo un estudio entre cuatrocientos adultos de mediana edad que concluyó que cuanto más se preocupaban por su presencia en redes, peor se sentían consigo mismos. Un estudio de la Universidad de Ankara encontró que los adolescentes ven reducida su autoestima ante la constante comparación con ideales de belleza. Y otro de la Universidad de Kansas concluyó que cuanto más publicamos en redes sobre nosotros mismos o sobre nuestra pareja, menos conectados emocionalmente nos sentimos con ella.

De hecho, hay otras tantas investigaciones que asocian el uso compulsivo de las redes sociales con una menor felicidad conyugal. Ya en sus albores, un estudio de la Universidad de Boston encontró una correlación entre su uso y los pensamientos de divorcio, y la tesis doctoral Exploring the effects of social media use and avoidant attachment style on marital satisfaction and cyber infidelity, de Mayi T. Dixon, en la Universidad Mercer, mostró que un mayor uso de las redes sociales, unido al apego evitativo, favorece la infidelidad online y reduce la satisfacción conyugal.

Reservemos fuerzas para algo tan desafiante y agradecido como mirar hacia adentro en busca de todo eso que esperamos encontrar fuera. Porque las miradas externas —la validación de nuestras parejas, la de nuestro entorno, los estándares impuestos— pueden mantenernos en un estado de alerta constante, persiguiendo una meta a la que nunca llegamos.

Es difícil, bien lo sé, y tampoco nos lo ponen fácil. Pero ¿no te pasa a ti también que cuanto más ligero viajas, más momentos de felicidad acabas disfrutando?

He sentido más bienestar como autónomo, con los ingresos justos para pagar la hipoteca y salir cada día a tomar un café, que con una nómina y un cargo que me comía la vida.

Sí, yo he estado ahí. He sido el centro de ruedas de prensa, he presentado libros en salones llenos, he participado en reuniones con gente trajeada en Madrid, he comido con mis suegros, he estado de vacaciones románticas en París. He tenido un ático con una terraza enorme y he viajado en un Tesla. He salido con mujeres guapísimas para las que no me sentía digno.

Pero feliz, feliz, he sido con mis amigos del colegio recordando los viejos tiempos; con mi familia, frente a unos berberechos y una cerveza; con los cafés de cada día, con una canción de Jarabe de Palo o con aquel golazo de Mendieta en la final de Copa.

También he visto a gente con dinero —con mucho dinero— volverse más amargada y triste a medida que ganaba más y más. Y a otros, incluso, arruinados y escondidos, avergonzados de su fracaso. Parejas de revista de cara a la galería y de película de terror cuando la puerta se cerraba.

Ejemplos muy claros de lo que es vivir hacia adentro o vivir hacia afuera. Está en nuestra mano elegir.