Cuaderno de bitácora

Capítulo XIII

¿Y AHORA, QUÉ?

«Y que sea, lo que sea»

Jorge Drexler

Quizá esperabas que este último capítulo tuviera un final espectacular, que te dejara el buen sabor de boca de saber que quien escribe alcanzó todos sus sueños.

Pero la realidad es que esa no fue mi suerte. Y, sinceramente, aunque hablo solo desde mi experiencia, me cuesta mucho creer que todos esos relatos de superación y heroísmo vital sean del todo ciertos. A fin de cuentas, el mundo sigue girando y, por mucho que hayamos conseguido, todo puede venirse abajo al día siguiente.

Está muy bien quedarnos con la foto de Iker Casillas levantando la Copa del Mundo o besando a Sara Carbonero. Está muy bien quedarnos con los Beatles tocando en la azotea de Apple. Es genial la imagen de Michael Jordan volando hacia la canasta. Pero ya sabemos cómo acabaron todas esas historias. Son solo eso, momentos. Unos más épicos, otros más emocionales. Y se mantienen así, inalterables, si nos quedamos contemplando la imagen estática; pero, si seguimos mirando la escena, descubrimos que esos protagonistas también sufrieron derrotas, rupturas y momentos de olvido. Casillas acabó defenestrado en el Real Madrid y se separó; los Beatles se disolvieron y John Lennon murió asesinado; y Michael Jordan vio cómo su físico dejaba de responder.

Estas enseñanzas que he ido relatando no serán, por supuesto, las últimas que me lleve. Ni son todas las que he aprendido hasta ahora. Pero sí son las que me han ayudado a pasar de una situación agónica a una vida estable, consciente y sana.

En el trabajo, me he ganado la posibilidad de elegir. Soy autónomo y tengo mi propia empresa. Como trabajo en el ámbito digital, puedo decidir en qué ciudad trabajo y cuánto tiempo le dedico. En los años que recorre este libro, lo he hecho en Sevilla, Alicante, Valencia y Ávila. Tal vez quien lea estas líneas pueda imaginar lo que esto supone para alguien que no podía salir a tomar un café fuera de su oficina y que nunca había dejado su ciudad.

He aprendido que no se trata de estar ocho horas calentando la silla para cumplir, sino de entender que hay días en los que con una mañana basta y otros en los que hay que pasar más tiempo frente al ordenador.

Sigo teniendo días malos de vez en cuando, momentos de estrés, clientes complicados y situaciones de ansiedad. Pero ahora soy capaz de percibir las alertas que me envía el cuerpo y poner remedio antes de que todo vaya a peor.

He aprendido que ni el cliente ni el jefe tienen siempre la razón, y que hay que defender los propios derechos; la veneración divina se la dejamos al más allá.

Y, claro, hay días en los que ir a trabajar se me hace cuesta arriba, pero he logrado asentarme en entornos de trabajo en los que, muchas veces, tengo la sensación de estar entre amigos.

Ahora los cafés no solo existen: a veces duran más de una hora. Y está bien. No pasa nada. El trabajo sale igual. De esos cafés han salido grandes ideas, muchos desahogos y otros tantos ratos de risas. Y todo ello mirando atrás con cierta pena por muchas de las personas que dejé en el camino, que aún no han salido de la burbuja en la que yo estaba y siguen creyendo que eso es lo normal; que afuera hay dragones y abismos, y que mejor lo muy malo conocido.

En lo social he conseguido soltar lastre. Y, aunque me sigue costando, ya no me pesa tanto decir que no. Esto ha implicado muchas renuncias: personas que formaban parte del decorado de mi vida, pero que no me hacían bien.

Sigue habiendo encuentros incómodos, sí, pero la sensación de bienestar tras alejarme de actitudes dañinas merece la pena.

Hablo más con mi hermano y con mis padres, paso más tiempo con ellos, discuto menos y dejo los conflictos a un lado. He aprendido a buscar las amistades que me hacen bien, a disfrutar de lo que me aportan y a tratar de comprender sus actitudes cuando no son las mejores.

Y esos anillos centrales de mi árbol social, aunque cada vez los ocupen menos personas, son cada vez más duros y estables.

Sigo recordando con una melancolía dolorosa a todas esas mujeres a las que quise y que, bien por el momento que nos tocó vivir, bien por no saber gestionarlo, acabaron marchándose de mi vida.

No me olvido de ninguna de ellas, pero he conseguido ir convirtiendo la frustración en aprendizaje. Me habría gustado que algunas de esas historias tuvieran continuidad, pero sin todo lo que viví tampoco habría llegado hasta donde estoy, y eso también es bueno.

Pero, por encima de todo, este camino me ha permitido respirar, que ya es mucho. Irme a la cama sin ese nudo en la garganta que me acompañaba siempre. Sin esa voz en la cabeza que me decía que no estaba cumpliendo y que el problema era yo.

He vuelto a correr, a jugar al fútbol, a subirme a un avión y a quedar con mis amigos del colegio. He vuelto a lo que me hacía feliz, aunque fuera a ratos. Conseguí recoger todo lo que Sandra dejó en casa y todo lo que yo dejé en aquel trabajo, y salí adelante. Y esa es la mejor batalla que he podido ganar.

Como he dicho en varias ocasiones, este texto no es una receta mágica; es el recorrido que a mí me ha servido, y que quizá a ti te ayude a ponerte delante del espejo.

Porque el camino lo hacemos cada uno, y este sigue. No para de serpentear hacia el valle, y depende de nosotros marcar el ritmo de nuestros pasos, libres, ligeros y tranquilos.

Aquella noche en la que empezó todo, las palabras dejaron de significar. Hoy, después de escribir cada una de estas páginas, por fin vuelven a tener sentido.